PALCO 16
El jinete máximo
Por Jorge Arturo Díaz ReyesDiego Ventura en vibrante faena desoreja el quinto y abre la Puerta grande de Las ventas por vigésima vez, en la vigésima corrida de la feria. Lea Vicens corta oreja del tercero y Rui Fernandes saluda por partida doble. Encierro bravo de Moura.
El jinete máximo del mundo, Diego Ventura ha llegado a una cifra de triunfo en la plaza de Madrid que resulta inverosímil. Pero estos números que podrían verse como un récord o una estadística curiosa, son el reflejo de una carrera maravillosa de un torero a caballo, que ha llevado su maestría y su compenetración con el caballo más allá de lo humanamente pensable. Viéndolo sin parcialidad, sin simpatía personal siquiera no deja otro camino que rendirse a lo que va más allá de la realidad, la doma lograda en su cuadra que lo convierten en un solo ser con cualquiera de las cabalgaduras, un solo ser que torea despertando, más allá de la admiración por la perfección técnica, de la sorpresa por la consecución del imposible, una pasión estética que conmociona los los públicos. Es imposible escapar a ella. El talento innato de un hombre, afinado por la pericia de una larga carrera de inmersión en su arte, han producido este fenómeno que parece ya seguramente irrepetible. La época actual de la tauromaquia puede considerarse privilegiada de tenerlo.
Hoy en su capitular Puerta grande número veinte en la primera plaza del mundo, no ofició, la técnica, no ofició, la suerte, no ofició la representación. Ofició la emoción incontenible de una plaza desbordada de gozo y admiración. Las dos orejas del quinto, de doña María Guiomar Cortés de Moura, el bravo “Fazaendito” no admiten discusión, asi halla tema para intentarla. No fue la faena perfecta, fue la faena pluscuamperfecta, porque embargó a todos, Pese a que hubiese necesitado tres quiebros para poner la primera banderilla larga a lomos de lío. Pues cada uno fue tan veraz y bellamente realizado, que lejos de parecer una errónea pasa en blanco fue una ocasión más de disfrutar su ejecición. No impórta que al final hubiese un pinchazo en sitio barrenado. No importa porque fue ejecutado genialmente y con la ilusión de completar una obra de gran contenido emocional. Cómo estaba la plaza. Pues digámoslo también, todos querían hacer parte de la efeméride, hacer parte de él, de la leyenda.
No importa que el rejón total final arriba fuese de efecto tardo, porque todos valoraron el modo como fue oficiado. Y al final cuando rodó el bravo y la petición total y estruendosa obtuvo de su señoría don Pedro Fernández Serrano el premio máximo se desató una celebración que superaba el superlativo significado aritmético de su cifra. Los aficionados al rejoneo, que no son todos los mismos que los del torero a pie, se tiraron al ruedo, se lo echaron a los hombros, lo pasearon por el teatro de su hazaña y se lo llevaron a hombros por ese portón que todos sueñan y que para él parece el único para salir de esta plaza.
Sus dos faenas fueron de gran calado, la primera no concluyó en demencia pública como la segunda, porqué pinchó cinco veces y al final clavó el rejón contrario. La gente que había seguido la brega com locura, pareció rencorosa por haber emborronado la obra, pues ni siquiera le aplaudieron. Y lo merecía, por supuesto. Ya lo decíamos, el no es perfecto, es genial, es Diego Ventura el hombre-caballo, el hombre-caballo que torera, el hombre-caballo que deslumbra. El hombre-caballo leyenda
Rui Fernándes, un maestro con veintiocho años de oficio, realizó sus dos solventes faenas con la facilidad del perito y salió a saludar dos veces, digo salió porque nadie se lo pidió
Lea Vicens, es además de gran jinete, carismática y bien montada. Acertó en su primera faena y cortó una justa oreja, en el último de casi seiscientos quilos, no tanto, pero la ovacionaron. Ambos, ella y Rui, estuvieron bien, pero es tan difícil torear al lado de Ventura. Imagino que es como tratar de pintar un mural frente a uno que estuviese pintando Miguel Ángel. Dicen que así, le pasó a Leonardo y no aguantó.