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Las grandes ferias apenas programan novilladas. El mal de tener que pagar por torear sigue latente. Los costes de organización de este tipo de festejos son demasiado altos. Y a pesar de todo siguen apareciendo novilleros ilusionados. Un milagro… hasta el día que deje de serlo.
Carlos Bueno - 22/05/2018

Treinta y cuatro festejos taurinos ininterrumpidos componen el presente San Isidro. De ellos sólo tres corresponden a novilladas. Durante unos días ha coincidido el ciclo venteño con la celebración de la feria de Pentecostés en la francesa plaza de Nimes, mucho más corta que la madrileña y con una única novillada en sus carteles. Sevilla anuncia siete novilladas a lo largo de todo el año, pero ninguna dentro del serial abrileño, donde realmente tendrían máxima repercusión.

Que el escalafón de los novilleros está mal no es ninguna novedad. De todos son sabidas las dificultades que se encuentran los chavales para verse anunciados y la escasa influencia que generalmente tienen los méritos adquiridos en el ruedo para ser contratados. Por el contrario, el poder económico de los candidatos a matadores pesa mucho a la hora de sumar festejos. Primero porque la preparación requiere de una gran inversión, y segundo porque hay demasiados empresarios sin escrúpulos que exigen que quienes quieren torear se costeen los gastos que deriva cada novillada.

Todo esto viene de lejos, de cuando había muchos aprendices y mucho dinero, de cuando la sociedad española nadaba en tal abundancia que no importaba ir “poniendo” para intentar lograr el objetivo. Ahora la situación es la misma, se sigue pagando por torear, pero por otras circunstancias. El poder adquisitivo es notoriamente menor que hace unos años. El público no acude a todo tipo de festejos porque no se lo puede permitir y sólo selecciona las corridas de mayor interés. Cuesta un mundo conseguir rentabilizar una novillada y los impuestos que se pagan por organizarla son muy elevados. Así que muchos de quienes quieren torear tienen que pasar por caja para hacerlo porque al empresario no le salen los números. La única solución para arreglar tal situación pasa por reducir los costes de este tipo de festejos que podríamos catalogar “de promoción”, no profesionales.

El funcionamiento del fútbol es un buen ejemplo. Cada club de primera división cuenta con equipos inferiores en diferentes categorías: alevines, infantiles, cadetes, juveniles… Es decir, que por cada profesional hay un puñado de aspirantes y más partidos de ligas inferiores que de la absoluta, con lo que el futuro está garantizado. Además con un coste irrisorio si lo comparamos con el de un primer equipo.

En el toreo ocurre todo lo contrario, y aún así siguen apareciendo novilleros como por arte de magia. Pero la verdad es que el panorama para ellos no es nada alentador y, por ende, tampoco para el mañana de la tauromaquia.

Si el negocio taurino quiere seguir confiando en un porvenir halagüeño no puede seguir esperando milagros. La negociación con las Administraciones es labor prioritaria para conseguir equiparar el tratamiento fiscal de las novilladas a las del deporte amateur. La estrategia antitaurina pasa por cargarse la base del toreo y que en un futuro no muy lejano no haya aficionados. No se lo pongamos en bandeja.

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