ENTREVISTA

Jesús Romero: "Yo no toreo para impresionar. Toreo para decir la verdad"

viernes, 1 de agosto de 2025 · 05:48

En La Solana no hay duda: el nombre de Jesús Romero ya está grabado en la memoria de la afición. Cuatro orejas y un rabo en una tarde que quedará marcada como una de las más rotundas de su joven carrera. Valor, temple y verdad. Y un estoconazo tras otro. Así se escribió la historia de una tarde grande.

“La Solana tiene algo especial. Es una plaza con alma, donde se torea de verdad y donde la gente sabe. Yo venía con muchas ganas, pero sobre todo con la necesidad de mostrar quién soy y qué puedo dar”, dice Jesús, con serenidad en la voz pero fuego en la mirada.

En su primero, toreó con gusto, aprovechando la nobleza de un novillo que no terminó de romper del todo. “No fue fácil, porque el novillo tenía clase, sí, pero le faltaba fondo. Aun así, me sentí a gusto. Torear de rodillas al final de faena no fue un gesto, fue lo que me pidió el corazón en ese momento”.

El público lo entendió. Y más aún cuando dejó una estocada que bastó por sí sola. “Me entregué, me fui detrás... Y pude consolidar la faena de la mejor forma”.

Pero lo mejor estaba por llegar. En el sexto, con todo a su favor pero también con toda la presión encima, Jesús Romero se creció. Lo recibió de rodillas, con un par de largas cambiadas que hicieron rugir los tendidos. Luego, un quite por gaoneras tan ceñido como sentido. “Ese quite fue un homenaje a la entrega. Me salieron del alma. Y ya desde ahí supe que no podía bajar ni un segundo el nivel”.

La faena con la muleta fue de las que se cuentan. De rodillas, en redondo, con las dos manos, con gusto, con clase. “Yo no toreo para impresionar. Toreo para decir la verdad. Y ayer necesitaba decir muchas cosas. La entrega, la emoción, el riesgo… eso es lo que busco cada tarde. El toreo que llega”.

El final fue de película: molinetes de rodillas, ayudados por alto, manoletinas con el alma por delante… y una voltereta que puso el corazón del público en vilo. “Sabía que el novillo podía cogerme, pero no podía echarme atrás. Esa serie de rodillas era el broche que la faena pedía. Me prendió, sí, pero me levanté con más fuerza aún. Había que entrar a matar otra vez con la misma entrega”.

Y lo hizo. Otra estocada soberbia, fulminante. La plaza se vino abajo. “Cuando vi caer al toro patas arriba, me di cuenta de que no solo había cuajado una tarde importante… había dado el primer paso y no puedo dejar que caiga en el olvido”.

A Jesús Romero no le tiembla la voz cuando habla de su profesión. Tiene claro el camino, y también lo que cuesta recorrerlo. “Esto no es fácil. Pero cuando una plaza te saca por la puerta grande con cuatro orejas y un rabo, sabes que vas por el buen camino. Y ahora… a seguir soñando, pero con los pies en la arena”.

 

Más de