ENTREVISTA

Luis Francisco Esplá, un torero de época (I)

Por: Carlos Bueno
miércoles, 27 de mayo de 2026 · 07:39

El pasado 23 de mayo, celebramos una efeméride que trasciende lo puramente estadístico para adentrarse en el terreno de la historia viva: los 50 años de alternativa de Luis Francisco Esplá.

Hablar de Esplá es hablar de un humanista que eligió el ruedo como lienzo. Aquel día de 1976, en la plaza de Zaragoza, un joven alicantino recibía los trastos de manos de Paco Camino, con el Niño de la Capea como testigo. Nadie imaginaba entonces que ese doctorado daría paso a una de las trayectorias más singulares, excelentes, profundas y poliédricas de nuestra cultura contemporánea.

Esplá no sólo ha sido un lidiador total, capaz de descifrar los enigmas de las ganaderías más duras, sino un renovador de la estética que ha demostrado que el toreo es, ante todo, un ejercicio de inteligencia y emoción.

Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, empedernido lector, melómano, erudito y pintor original, el maestro celebra estas cinco décadas como un veterano en mil batallas, pero también como un referente ético y estético que sigue impartiendo lecciones de vida a través de su arte sobre el ruedo, de su palabra y también con los pinceles.

En la primera parte de una extensa entrevista, Luis Francisco Esplá recuerda el día de su doctorado y sus inicios, habla de los cambios que la Tauromaquia ha vivido en los últimos tiempos en referencia a los novilleros y a las rivalidades sobre el ruedo, analiza la evolución del toro y razona la desaparición del cartel de banderilleros al que perteneció.

- ¿Cómo recuerda el día de la alternativa, feliz, emocionante, pasó demasiado rápido…?

- Recuerdo que cuando empezaba como novillero tenía puesta la mirada en ese horizonte, la alternativa, y cuando llegué ahí me di cuenta de que ya pisaba otros terrenos. Esa fue la deducción inmediata. Nada más terminar de quitarme el traje me dije: esto se complica, el toro, los compañeros, los requerimientos del público, las responsabilidades… todo había cambiado de un día para otro.

- Sólo tenía 17 años. Eso a día de hoy parece imposible.

- Antes era más habitual doctorarse muy joven. Hoy se ha complicado porque el acceso al toreo es tremendamente complejo, empezando por la normativa que obliga a que no se pueda torear con menos de 16 años. Todo esto va retrasando la posibilidad de ver una alternativa en edad temprana. Luego los circuitos de novilladas, las becerradas… todo eso se ha reducido. Para que un chaval llegue hoy con oficio tiene que estar tres, cuatro o cinco años en el escalafón de novilleros, porque en todo ese tiempo va a torear lo que yo toreé en un solo año: 65 novilladas. Todo esto hay que tenerlo en cuenta.

Si miramos la pirámide que daba vida al toreo en mi época, lo que más había eran novilladas sin caballos. Después novilladas picadas, y en la cúspide estaban las corridas, que eran menos de la mitad que las novilladas. Cuando esa pirámide se invierte, obviamente cambia absolutamente todo.

- ¿Se acuerda que le dijo Pablo Camino en la ceremonia?

- Sí: “A partir de aquí tienes que resolver tú, tienes que espabilar”. Y yo a mi hijo le dije más o menos lo mismo en su doctorado, que las inercias no se crean solas, las tiene que impulsar uno mismo. De hecho, yo tuve un bache tremendo después de la alternativa. No vale de nada haber sido el triunfador del escalafón de novilleros, ni haber sido un gran descubrimiento de la temporada, porque luego llega el toro y las figuras que te ponen al lado y aquello cambia completamente.

 

 

- ¿Qué consejo le daría el Esplá de hoy a ese joven que acababa de tomar la alternativa?

- El mismo: espabila, porque camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Esto es para listos. Si quieres sobrevivir aquí tienes que ser listo, si no, estás liquidado.

- Se le consideraba un niño prodigio. Me imagino que eso le cargaba de una responsabilidad extra.

- Con la alternativa llegó la decepción. Todo ese interés, toda esa admiración que levanté quedó frustrada cuando no conseguí estar a la altura de los nuevos compañeros. Y es que aquella fue la época en la que más figuras del toreo ha habido en el escalafón. Había una docena mandando con autoridad, llenando todas las plazas. Fue un momento muy bonito pero, a la vez, en el que los codazos no te dejaban prosperar. Y luego estaba el cambio del novillo al toro con la máxima responsabilidad.

No se me cuidó al principio y fui a todas las ferias, cuando tendría que haber evitado algunas para ir cuajándome. Pero bueno, al final es lo que digo, hay que espabilar y darle forma al embrollo o salir de él.

- ¿Eran años de más rivalidad en los ruedos que los actuales?

- Sin duda; era tremendo. Y no sólo rivalidad, sino variedad. Que me digan a mí en qué se parecía Dámaso a Paquirri, a Camino, al Viti, a Diego Puerta… Las figuras no tenían nada que ver unos con otros, y todos tenían su sitio entre la afición.

- ¿Y el toro?

- El toro de aquella época se movía muchísimo. Y otra cosa, la variedad. Ibas a las ferias y te podías encontrar absolutamente con toda la amalgama de encastes que había en España. Hoy la monotonía es terrible, aunque, por otro lado, tampoco se puede criticar, porque el Domecq es el único toro que ha soportado la subida de peso, el crecimiento, el ensanche de los pitones… Joselito “El Gallo”, que no era tonto, ya tenía puesta la vista en este encaste.

 

 

- Usted fue considerado un científico del toreo. ¿Era cuestión de estudio animal o algo innato?

- Cada ser humano tiene una intuición, una habilidad. Hay quien la tiene para la música, hay quien la tiene para los números y hay quien la tiene para entenderse con los animales. Al final, no deja de estar todo ordenado por una serie de insinuaciones que aprendes para luego ser capaz de anticiparte, y yo vivía constantemente anticipado a cada pulsión del toro. Y eso no es cuestión de estudio. Es como la música, se puede tocar muy bien un instrumento, pero crear con ese instrumento es otra cosa.

- En su época, cuando un toro no permitía pegarle pases, se apreciaban las lidias. Hoy eso no se valora.

- Hay una cosa evidente, que el toro ha perdido mucha animalidad, esa capacidad defensiva que le hace dosificarse, que le hace moverse en ciertos terrenos, querencias… De todo eso se le ha despojado con la selección, es mucho más previsible. El toro de antes era más pequeño, pero contenía toda esa materia explosiva que tenías que ir administrando. Desde que salía, el toro ponía en escena sus querencias, sus terrenos, cambiaba las trayectorias… y todo eso obligaba al torero a vivir constantemente en tensión. El toro de ahora no obliga a esa tensión.

De hecho, hoy se pueden hacer las suertes en cualquier sitio sin que haya demasiado riesgo. Antes, si no hacías las cosas en determinado terreno tenías garantizada la voltereta. Cuando aquel toro desapareció, desapareció también ese concepto de lidia, porque la gente deja de verlo.

Pasa como con el toro manso, que hace 30 años era perfectamente admitido, nadie lo protestaba. Estaba la posibilidad de que en cualquier ganadería y en cualquier momento saltase uno a la plaza. Y la gente lo único que quería ver era cómo se solucionaba aquello. Hoy sale un toro manso a la plaza y se arma una bronca impresionante. Y tampoco los toreros saben cómo gestionar un manso. Nosotros sí que sabíamos, no porque fuésemos más listos que los de ahora, sino simplemente porque en nuestro panorama estaba incluido ese tipo de animal durante toda la temporada, nos venía saliendo y sabíamos cómo darle solución al problema.

Me parece que un manso, con sus idas y venidas, pone a prueba a los toreros. Es un toro para mí interesante y siempre refrescante porque no se parece a los demás.

 

 

- Siempre cuidó la puesta en escena, el vestido de luces, la forma de andar por la plaza, y mostró su predilección por rescatar y desempolvar suertes antiguas.

- Fui un anacronismo en el panorama, porque vine con una tauromaquia que estaba “demodé”, anticuada. El astado ya iba perdiendo animalidad, y para mí lo interesante era encontrar en el toro mi toreo. Por eso creo que terminar matando corridas de toros duras fue una deriva normal. Era el único sitio donde se ubicaba mi concepto y, al final, por inercias naturales, terminé con ese material. La verdad es que cuando lo he pensado me he dicho: “pero si esto trituraba a los toreros, qué milagro haber podido estar ahí más de 30 años con ese material tan complejo”.

- También ha desaparecido el cartel de banderilleros del usted formó parte, que era imprescindible en todas las ferias de los ‘80.

- En el toreo todo pertenece a una necesidad: los mano a mano de Manolete con Arruza, los de Galloso con Josemari cuando eran novilleros… Todo eso tiene que venir en algún momento propiciado a requerimiento del público. La corrida de banderilleros se gestó sin pretensiones. Poco a poco fue surgiendo y poco a poco el público seleccionó a los banderilleros que quería ver. No hubo artificio, no se provocó absolutamente nada. Por eso funciona todo bien cuando interviene el gusto de la afición y cuando el empresario es capaz de darle ese placer al público. Y todas estas cosas, plantearlas como un proyecto, tienen siempre un mal futuro; las patas son muy cortas.

He visto como se han provocado manos a manos que no han tenido ninguna historia. No han despertado interés. He visto reintentos de la corrida de banderilleros que ya no han funcionado. Porque al final no es el empresario ni el criterio de determinados señores el que establece esto. Es el público. Y el público nos eligió. Esa es la única razón por la cual la corrida de banderilleros es el cartel más explotado de la historia del toreo. Fue algo natural.

 

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