ENTREVISTA
Luis Francisco Esplá, un torero de época (y II)
Por: Carlos BuenoEl pasado 23 de mayo, Luis Francisco Esplá alcanzó los 50 años de alternativa. Si en la primera parte de la entrevista el poliédrico maestro alicantino habló de novilleros, de rivalidades, de la evolución del toro y de la desaparición del cartel de banderilleros, en esta segunda y última entrega recuerda sus éxitos con diferentes encastes, su relación con Madrid, la falta de unión entre los profesionales, los cambios que ha vivido el toreo, su vida actual y su faceta como pintor.
- Hay quienes le recuerdan en la llamada corrida del siglo del 82 con Victorinos. Otros en su despedida de Madrid en 2009 con el toro de Victoriano del Río. ¿Con qué embestida brillaba más, con la de los Victorinos o con la de los Victorianos?
- Cada corrida tuvo su importancia porque llegó en un momento determinado. La de Victorino venía a confirmar que había superado las crisis, que estaba muy de acuerdo con el planteamiento de ese tipo de corridas, porque, como he dicho, de alguna forma propiciaban mi concepto del toreo, y demostró que ya estaba apto para las grandes ferias. Lo otro es una despedida que pertenece al capítulo de Madrid, donde he sido, después de Bienvenida, quien más tardes ha toreado en Las Ventas. Despedirme después de tantos años de esa forma, cortando las dos orejas, fue un regalo de los dioses.
- Ese toro se llamaba Beato y pesó 620 kilos. ¿Eso desmonta la teoría de que los astados de ese tamaño no pueden embestir con clase?
- El toro era proporcionado, perfecto de hechuras, bonito, era alto pero no era zancudo, no estaba barrigón, o sea, los kilos estaban perfectamente repartidos en un animal que tenía un chasis impresionante. Recuerdo que en una entrega de premios, Gómez Ballesteros, que era el responsable de la gestión taurina de la Comunidad de Madrid, me confesó que, en realidad, el toro había pesado 700 kilos.
Y es que una cosa es el tamaño y otra las proporciones. Los animales, como los hombres, obedecemos a una ley de palancas. Cuando los cuerpos están bien proporcionados, independientemente del tamaño, esa ley de palancas funciona.
Cuando queremos que un caballo sea de tiro ha de tener las espaldas rectas y cuando queremos que sea deportivo las ha de tener oblicuas. Porque uno tiene las condiciones para hacer fuerza y el otro tiene las condiciones para no tropezar. Y esto en el toro no es matemática pura, pero sí es biología pura.
- ¿Los éxitos más satisfactorios de una carrera se producen en Madrid?
- Sí, y la verdad es que si hubiese matado bien los toros en Las Ventas tendría muchas más puertas grandes. Demasiadas veces me obsesioné en hacerlo recibiendo y, en fin, con la espada he sido un pinchauvas. Pero bueno, al final Madrid lo que valora es el esfuerzo y tiene memoria, y cuando te apuntas a una corrida dura su público lo respeta.
- Usted intentó liderar la unión entre los profesionales y el tiro le salió por la culata.
- A mí me llamaron porque la Asociación de Matadores estaba en quiebra debido a unas maniobras que habían hecho los Lozano. Hubo un conflicto con México y Francia y los toreros pretendieron romper las relaciones con los apoderados y empresarios, que también estaban en nuestra asociación. Los Lozano decidieron crear una agrupación nueva, e impusieron que todos los toreros que quisieran torear en Madrid tenían que estar inscritos en la que ellos habían fundado. Los toreros, para hacernos fuertes pusimos a Pepe Dominguín de presidente y cinco vocales, que eran Joselito, Ponce, José Tomás, Rivera Ordóñez y yo. Firmamos unos papeles que todavía tengo guardados en casa.
Pero al final casi todos recularon. Los compañeros me dejaron solo y los empresarios me quitaron de todas las ferias. Ese año sólo toreé una docena de corridas en plazas sin repercusión. Y he de decir que Pío García Escudero me llamó ese verano, me dijo que se había enterado y que quería que torease en Las Ventas en octubre. Le insistí en que no quería recomendaciones de los políticos y me dijo no se trataba de una recomendación, sino de una injusticia que tenía que subsanar. Y ese fue todo el tema. Yo ni quería ni quiero saber nada de sindicalismos.
- ¿Ha cambiado el toreo desde que se retiró hace 17 años?
- El toreo empezó siendo un espectáculo totalmente épico y, poco a poco, se introdujeron elementos artísticos, más refinamiento, y acabó deviniendo en estética pura, eso sí, sin haber perdido esa épica que siempre lo ha sostenido. Cada vez el toro es más propicio para que se toree mejor que nunca, y a veces la perfección es el verdugo de la emoción.
- ¿Se ha ganado en perfección técnica pero se ha perdido en verdad áspera?
- Sin duda. Hoy sale el toro con más fuerza, más salud y es más bravo que nunca, pero, como se torea tan bien y además el animal obedece de esa forma, toda su bravura queda solapada, maquillada. Porque es noble, va y viene, y su bravura queda opaca, sólo se ve cuando coge a un torero y lo sacude con fuerza. El toro de antes creaba conflictos porque había evidencia de velocidad, de violencia, pegaba trallazos, enganchaba las telas. Ahora si te toca la muleta se acaba la faena. Se gana en estética y se pierde en emoción.
Pero yo no me puedo rebelar contra el gusto del público, además porque hemos propiciado ese toro, ya no nos vale el otro, porque si alguien saliese haciendo el toreo sobre las piernas y faenas de aliño, iba a durar en esto un cuarto de hora, estaba sentenciado.
- Usted estuvo 33 años en activo. ¿Lo echa de menos?
- La verdad es que no. Esto es como algunos amores. Hay un momento en que dices: esto se puede enturbiar, y lo dejas. Y es el público el que podía enturbiarlo. Yo no quería ver ese panorama, y decidí anticiparme a que sucediera.
- ¿Un hombre que ha vivido entre la vida y la muerte tan intensamente, cómo llena ese vacío de adrenalina diaria?
- Yo he tenido una idea fija siempre en el horizonte, que ha sido el campo. Pero no como terrateniente, sino para disfrutar de él. A mí me gusta labrar, sembrar, mi colección de bonsáis, cuidar mi huerto, mi jardín, y hacerlo personalmente. Cuando terminé me di cuenta de que no echaba de menos el toreo, sino que me había implicado en otra forma de vida, el campo, la caza, la lectura...
Mi relación con el toro era lo único que me ataba al toreo. Y cuando intuí que esa relación podía quebrarse, decidí huir. Así, mi recuerdo no se ha pervertido, y esta relación con el toro sigue siendo algo mágico, singular. En mi cabeza nunca ha habido ninguna pretensión de volver, de hecho no hago ni tentaderos. He cortado radicalmente porque quiero mantener inmaculada esa memoria, que no la mancille nada.
- Cuando uno torea, tiene miedo al toro, al fracaso… ¿Hoy en día a qué le teme Luis Francisco Esplá?
- A Hacienda. Es peligrosísima. Esa no ha perdido instinto y sigue apuntando a las ingles.
- Usted también es pintor. ¿Pintar tiene algo que ver con el toreo?
- Mucho, porque al final se trata de crear. ¿Diferencias? El toro es quien sugiere, es el único elemento de inspiración que obliga al torero a crear en la dirección que él quiere. Sin embargo, en la pintura tienes el mundo circundante para sacar de él conclusiones, para inspirarte en todo lo que te rodea. Y luego hay otra cosa también, que mientras en la pintura y en las artes los materiales se muestran dóciles a la voluntad del artista, el toro tiene su propia voluntad, que tienes que incorporar, que no puedes doblegar, sino que tienes que ir modulando. Por tanto, en el proceso de creación hay una inversión.
- ¿También se pinta como se es?
- Imagino que sí. En todo hay que ser sincero con uno mismo. Tengo un amplio recorrido en ambas disciplinas y he cambiado muy poco desde mis inicios. Empecé y terminé toreando con las mismas ideas, con los mismos conceptos, tenía el mismo horizonte, y en la pintura exactamente lo mismo. Las dos actividades están presididas porque no he tenido nunca afán de prosperidad. Eso me lo ha traído floja. Y reconozco que es un problema. No implicarte con la posteridad es un error. Pero es que la posteridad arruina la vida de muchos artistas. Y eso es algo que a mí me ha preocupado. La posteridad, que además es una señora que ni conozco, no me va a joder a mí la vida. Así que decidí disfrutar del momento. Y se acabó.