FERIA SAN IGNACIO 2025
Donde el toro no empujó, Luque sostuvo la emoción: Azpeitia lo abraza como a un hijo pródigo
Lleno de "no hay billetes" para Morante de la Puebla, Daniel Luque y Juan OrtegaSe abrió el telón en Azpeitia con un toro de Vellosino, muy justo de cara pero con nobleza suficiente para que Morante de la Puebla bordará sobre la grisácea arena tres verónicas de cadencia lenta, como quien quiere dictar el ritmo desde el primer lance.
En varas, Ángel Rivas administró un puyazo medido y preciso, y aquello bastó para calibrar la condición del toro. Sin brindis previo, Morante tomó la muleta y construyó un inicio por alto, alternando con trincherazos por abajo, dibujo sobrio en el tercio. Ya en los medios, dejó una primera serie de derechazos con la barbilla encajada y un giro sobre sus pies, como quien dice “estoy aquí” sin necesidad de levantar la voz.
El toro embestía con nobleza, sí, pero justo de fuerza y sin fibra interior: le faltó transmisión. Morante, fiel a su estilo y a la intuición que le corre por las venas, evitó alargar donde no había alma, y fue por la espada con naturalidad.
La estocada, casi entera y en el sitio, puso el punto final. Ovación con saludos, justa y respetuosa, por una faena breve, estética, y medida en el compás de la condición del toro.
El segundo, de Loreto Charro duró dos lances en la capa de Luque y descoordinado tras su encuentro en el caballo. Pañuelo verde.
El segundo bis, de Loreto Charro, salió justo de cara pero dentro del tipo, sin estridencias ni exageraciones, aunque con la suficiente seriedad para imponer respeto. No hubo espacio para el lucimiento con el capote: Luque lo midió, lo reconoció, y guardó sus armas para después. En varas, El Patilla dejó un puyazo medido, sin exceso, con pulso.
El tercio de banderillas fue emocionante: Jesús Arruga y Raúl Caracol saludaron montera en mano tras dejar pares de mérito. En el tercero, la plaza vivió un sobresalto: Morante, sublime, se cruzó al quite para salvar a Caricol de un posible desastre, como quien firma con valor el gesto que no se mide en orejas, sino en oficio.
Luque, torero de la plaza, brindó al público con el corazón encendido, sabedor de que había que torear más allá de las formas. Inició por estatuarios en el tercio, de gran mérito, y Azpeitia rugió como sólo lo hace cuando huele verdad. La faena fue íntima y muy encima: derechazos sin espacio, donde no cabía la mentira, hondos, precisos, trazados con la delicadeza del hierro sobre terciopelo.
La música sonó, y fue liturgia: Luque en comunión con Azpeitia, y Azpeitia entregada a su torero. Cuidó las alturas como un orfebre, sabiendo que el toro no tenía fuerza sobrada, pero sí nobleza y repetición. El final por luquesinas encendió a la meseta joven, que se puso en pie con la emoción entre los dientes. Estocada entera en el sitio. Oreja con petición de la segunda: premio a la entrega, a la verdad, y al alma compartida entre un torero y su feudo.
El tercero de Vellosino, el más justo de cara hasta el momento, salió con aire pausado y noble. Juan Ortega lo recibió con verónicas de seda, muy pausadas, como quien quiere escribir despacio sobre la arena. La media verónica final, sin embargo, se vio deslucida por un enganchón que rompió la armonía.
El paso por el caballo fue sutil, casi imperceptible: Óscar Bernal dejó un puyazo leve, sin exigir, como si el toro pidiera caricias más que castigo. Ortega no brindó, y comenzó la faena por alto, con suavidad, antes de llevarlo a los medios para hilvanar una obra de pausa y aroma. El toro embestía con cadencia, despacioso, pero soltando derrotes que rompían la estética. Faltó emoción, aunque hubo momentos de belleza íntima. Los naturales fueron lo mejor: temple, poso, gusto, como si el toreo se hiciera sin tiempo, sin prisa, sin ruido. Tras una serie mirando al tendido, el toro se arrancó con violencia y rozó la tragedia. El “ay” del público fue aviso y salvación: Ortega giró a tiempo y resolvió con un muletazo de alivio, como quien vuelve del borde con elegancia. El final, por molinetes de otra época, fue bello, evocador. La estocada, caída, muy caída, deslució el conjunto. Ovación, más por el aroma que por el impacto, por la estética más que por la emoción.
El cuarto de Loreto Charro salió brusco, sin entrega, sin esa cadencia que permite la pureza. Morante de la Puebla, fiel a sí mismo, intentó imponer su estética desde el saludo, pero el toro negaba el diálogo. El puyazo de Aurelio Cruz fue severo, marcando la aspereza del animal.
Morante brindó a Joxin Iriarte, figura querida en esta tierra por su excelente gestión taurina, y comenzó por alto, rematando la serie con ese farol tan suyo, tan sevillano, tan de otro tiempo. Luego vinieron los derechazos medidos, hondos, detrás de la cintura, con los talones clavados en la tierra como raíces. La música sonó, y Azpeitia empezó a latir al compás del arte.
Los naturales fueron soberbios: despaciosos, largos, hasta el final, como quien dibuja suspiros al aire. Toreo por abajo, armónico, íntimo, tan en Morante que parecía que el ruedo se había convertido en su patio de Sevilla. El toro, vacuo, sin fondo, no ofrecía nada, pero el torero puso todo: gusto, forma, alma.
Azpeitia rugió. Rugió como sólo lo hace cuando el toreo se vuelve emoción. Morante ha conseguido caer en esta plaza como en ninguna otra: binomio perfecto, torero y tierra. La faena fue un canto, una plegaria, una caricia a la historia.
Finalizó a pies juntos, con compás y solemnidad. Pinchó, luego dejó una media estocada tendida y trasera, necesaria de descabello. Ovación con saludos, de las que no se miden por el número de pases, sino por la hondura del alma.
El quinto de Vellosino salió sin fuerza ni entrega, negando desde el primer instante cualquier posibilidad de lucimiento con el capote. Justeó de fuerzas desde salida, y al salir del peto de Jabato volvió a mostrar esa fragilidad que presagiaba una faena cuesta arriba.
Daniel Luque no brindó. Cogió la muleta como quien toma un bisturí: con precisión, con serenidad, con oficio. Lo que vino fue una labor de enfermero, de torero que sabe que no hay toro para el arte, pero sí para el mérito. Pulseó las embestidas, las vació por alto, cuidó las alturas como quien cuida una herida que no debe abrirse más.
Todo lo hizo a favor del toro, y aún así, el de Vellosino sorprendía con arrancadas a destiempo, metiéndose en tablas, negando el ritmo. Pero Luque estuvo sublime: convirtió la nada en algo, la escasez en posibilidad, la dificultad en dominio. Toreó sin toro, y aún así, hubo faena. Se metió en cercanías, exprimió cada embestida como si fuera la última gota de agua en un desierto. El final, por manoletinas a escasos centímetros de la testuz, fue un ejercicio de valor sereno. Entró a matar y dejó una estocada en lo alto. Oreja tras aviso, premio al pulso, al oficio, y a la capacidad de hacer toreo donde no lo había.
El sexto de Loreto Charro salió con hambre de capote, y encontró en Juan Ortega al torero capaz de saciarla con arte. Las verónicas que le recetó fueron las mejores de la tarde: lentas, hondas, con el compás sevillano que convierte el toreo en música. José Palomares dejó un puyazo severo, marcando el único momento áspero de una lidia que se tejía con hilo fino. Ortega brindó al público, y comenzó la faena por alto, con gusto, con ese aroma antiguo que le brota sin esfuerzo. En los medios, los derechazos fueron templados, pausados, como si el tiempo se detuviera entre pase y pase.
Ortega puso toda su templanza al servicio de Azpeitia. Los naturales fueron serenos, con la bamba de la muleta acariciando el albero, como quien torea con el alma más que con el cuerpo. Hubo una vitolina de mucho gusto, y derechazos hasta el final, pero sin ese picante que enciende las faenas grandes: el toro se apagó, y la emoción se fue con él. Antes de irse por los aceros, Ortega dejó un abaniqueo más que bello, como quien se despide con elegancia. La estocada, contraria, puso fin a una faena de seda. Oreja, premio al gusto, al temple, y a la torería sin estridencias.
FICHA:
Azpeitia (Guipúzcoa).- Primera de San Ignacio 2025. Corrida de toros de Vellosino y Loreto Charo para Morante de la Puebla, Daniel Luque y Juan Ortega. Entrada: Lleno de 'No Hay Billetes'
Morante de la Puebla, Ovación con saludos y Ovación con saludos;
Daniel Luque, Oreja con petición y Oreja tras aviso;
Juan Ortega, Ovación y Oreja;
FOTOGALERÍA - CARLOS FERNÁNDEZ MORA
Sorteo:
Ambiente por todo lo alto en los corrales de Azpeitia para el primer sorteo de las fiestas de San Ignacio. Aficionados llegados de todos los puntos de la geografía peninsular y francesa para una terna compuesta por Morante de la Puebla, Daniel Luque y Juan Ortega. Cartelazo para abrir ciclo.
Están sorteados y enchiquerados seis toros del campo de Salamanca: Tres de Loreto Charro, ganadería que tan buen juego dio en 2024 en esta plaza, y tres de Vellosino, divisa debutante en Azpeitia.
La plaza se va a llenar con el cartel de 'No Hay billetes' puesto. El festejo comienza a las 18,30 horas.