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"El rejoneo dio hace tiempo el volantazo artístico con el que quiso peinar los últimos flecos de una tauromaquia sólo basada en la espectacularidad de la monta y la épica de la doma"
Manuel Viera - 13/06/2018

El rejoneo dio hace tiempo el volantazo artístico con el que quiso peinar los últimos flecos de una tauromaquia sólo basada en la espectacularidad de la monta y la épica de la doma. La maniobra quedó hecha, y es ahora cuando los grandes éxitos del toreo a caballo llegan en frenético festín sin espacio para el freno ni la pausa. Así sigue manando el toreo de los que lo hacen, de forma ralentizada, antes y después de clavar a la altura del estribo de forma soberbia y majestuosa. Y cuando no lo tienen fácil para destacar y puntuar, destacan y puntúan con un rejoneo cuya complejidad deriva en explosivo cóctel basado en la exigencia de la doma llevada al límite y en un valor innato que dinamiza, y hace original, un toreo espectacular y exageradamente atractivo para las mayorías.

¿Qué si es diferente el público de rejones al público que asiste a las corridas de toreo a pie? Pues sí. Aunque no menos entendido, sí distinto, más triunfalista y mucho menos exigente. Además se deja llevar por las puestas en escena de algún que otro caballero. Por los aspavientos y las carreras. Por la lista provocación final para calentar a una gente que piden orejas más por los alardes que por el buen hacer durante la lidia. No por esto quito méritos a quien así actúa,  pero sí es de pillo hacer el número para conseguir lo que falta para obtener el triunfo.

Lo contrario sucedió en Las Ventas el pasado sábado. Y obedeció a la necesidad de alcanzar lo utópico. El triunfo más que soñado de quien produjo la emoción sentida e indescriptible a lomos de sus caballos que, a dúo, crearon el toreo. Historia fabulosa de cómo lidiar deleitando, y enloqueciendo, a una gente con una tauromaquia tan auténtica como al filo de lo imposible. Torearon. Un caballero y unos caballos. Ni más ni menos.

Fue grandioso por valor y belleza. Genialidades con las que, Diego Ventura,  mostró las vísceras de un toreo a caballo ajeno a las pesadas tardes de lidias anodinas. Un toreo que vino a tener efecto contagioso cuando, quien más y quien menos, salió de la plaza realizando filigranas virtuosas con imaginarias cabalgaduras tras ver emanar en el ruedo la sensibilidad de un rejoneo tan puro como valeroso. Regocijante ocasión  de contemplar a un sevillano de La Puebla del Río, nacido en Lisboa, hacer una magistral travesura: cortar un rabo en Madrid.

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