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"Porque el recital de rejoneo de quien tiene el encanto natural de los más grandes, de quien volvió a mostrar un increíble manejo de las cabalgaduras y una quietud delante del toro apabullante, fue de auténtica pureza"
Manuel Viera - 23/05/2018

Lo que salió de chiqueros el pasado domingo en la plaza de toros de Las Ventas invita a la reflexión. Lo conmovedor es que el mastodonte siga reivindicándose incluso para corridas de rejones. Lo patético es que se haya perdido por completo el norte y lo exigido sea una mole que alcanzó casi los setecientos kilogramos de peso. La absurda anormalidad. Y ¿por qué esta sobredosis de volumen tan contradictoria a la pobreza de unos pitones exageradamente despuntados aunque reglamentariamente manipulados?

Cabe pensar, por tanto, en una disparatada exigencia que, además, curiosamente mermó la posibilidad del gran triunfo. Sin embargo, lo más llamativo de esta explosión de kilos en el toro utilizado para la lidia a caballo, acaso, sea la desmesura en las intenciones de una racionalidad inexistente. O en el esnobismo al servicio de la ignorancia.  

Más convincente hubiese resultado el trapío, propio de su encaste, de un animal rico en cabeza y serio en defensas. Es ahí donde se dirigen casi todas las miradas. Ese otro toro que muchos no quieren y pocos desean. Porque serio e imponente, si la bravura emana de su casta, es determinante para poder mostrar capacidades y calidades de quienes pretenden hacer el toreo a caballo con la verdad de los elegidos.

Quizá, por esto el triunfo desbordante no llegó en el primero de los dos “mano a mano” que Diego Ventura tiene programados en Madrid. La emotiva tauromaquia del portugués de La Puebla de Río irrumpió entre el estruendo de las populistas palmas animadoras sin ocultar la evidencia. Su toreo a caballo fue más que una lidia con esquemas de espectacularidad. Lo hizo con tanta verdad que, que pese a las dificultades que le plantearon las mansas y agotadas embestidas, su concepto, claro y rotundo, dejó marcada las diferencias.

Porque el recital de rejoneo de quien tiene el encanto natural de los más grandes, de quien volvió a mostrar un increíble manejo de las cabalgaduras y una quietud delante del toro apabullante, fue de auténtica pureza. Una lidia de dos. De dos toreros, claro. De un hombre, Ventura, y un caballo, Nazarí. Tan geniales como valerosos, ambos, alcanzaron por decimoquinta vez una “puerta grande” sólo ganada con la palpable demostración de la verdad.

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