FIRMA INVITADA

La Salve

lunes, 14 de septiembre de 2020 · 08:29

Recuerdo que en los días fríos de invierno, cuando el sol se retira, los monjes de la Abadía de Poblet nunca están solos; siempre hay personas recogidas y en silencio sentadas en los primeros bancos que escuchan las oraciones que preceden a la Salve.

Ahora es verano, 13 de agosto de 2020. Me hallo a corta distancia del Monasterio, oigo desde mi casa el toque de la hora canónica de oración, vísperas y completas. Los tañidos me llegan quedos, han perdido intensidad al expandirse entre el cielo y la tierra. La del bronce, sin embargo, retiene la suficiente sonoridad para invitarme a compartir con la Comunidad el momento culminante de la jornada ora et labora.

En sólo cinco minutos me plantaré en el Monasterio, aunque con la duda de si la puerta la encontraré abierta  y podré asistir al rezo. Me abstengo de consultarlo en Internet. Voy hacia allá. Llegaré, me digo, con el tiempo justo.

En la entrada del conjunto arquitectónico aparco el vehículo. No hay ni un solo coche. Son las 20 h. 55 minutos. El cielo conserva aún la luminosidad de un día resplandeciente y las piedras guardan un calor de horno de pan cocer.

Me dirijo a buen paso hacía el templo, dejando atrás  el primer y segundo arcos. No veo a nadie. Estoy enmuralla do y completamente solo.

A distancia, la puerta grande de madera con pequeño portón parece cerrada. Me sigo acercando. Junto al sonido de mis pisadas sobre el patio enchinado, oigo por encima  de mi cabeza el gorjeo  corto de las golondrinas chicas, que por aquí llaman “cueta blanca”.

Verifico con la mano la clausura de la puerta. Empujo y no cede. Suena el último toque de campana llamando a la ceremonia.

Me cuesta imaginar a los monjes cuando aún guarda mi mano el tacto áspero de la madera, rezando en latín y cantando en gregoriano con mascarilla. ¿La usarán?

Un gato, negro y blanco y de ojos claros, afila sus garras en el tronco de un tilo que se alza en la faja de tierra del patio; deduzco que al no funcionar la cocina de la hospedería el felino ha de buscarse sustento y prepara sus armas.

Miro a mi alrededor. Los edificios monásticos han acentuado el aire histórico connatural de mitad monje y mitad soldado. Murallas y torres adquieren la significación para lo que fueron proyectadas: Proteger intramuros a la Comunidad,  finalidad que concurre con la pandemia provocada por el Covid, el insidioso enemigo para los humanos y sin duda para los monjes de clausura, muchos de ellos mayores de 60 años.

En la HISTORIA DE POBLET, escrita por el monje cisterciense, doctor en historia, fra Agustí Altisent, se recogen pasajes que nos hablan de la misión hospitalaria en favor de pobres y peregrinos que atendía la colectividad monacal y de la que se tiene constancia ya en 1184.  Hoy aquella caridad hospitalaria a desconocidos es un hecho histórico que no fue indiferente a las epidemias sufridas por aquel entonces.

Me dispongo a respetar el tiempo del rito y abandono el recinto que perteneció a la Corona de Aragón y Cataluña, y fue templo, convento, hospital, panteón real y fortaleza.

Cuando el sol termina de ocultarse y suenan los tres toques de la salve, llego a las fuentes del hierro y de la magnesia. La música del agua que chorrean los caños y que choca con la que hay en la pileta, acaricia mi oído y refresca mis manos.

Veo las viñas con racimos, aún ligeramente en agraz; olivos engordando las olivas y los almendros con los frutos maduros, y me digo: Esta es la Salve que eleva la tierra.

Voy hacia el coche con la sensación de haber participado en el coro del cenobio, sin haber podido pisar el templo.

      

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