PACO DELGADO

A César, lo suyo

jueves, 3 de junio de 2021 · 07:37

Su gesta fue meta y principio. Su consecución significó llegar, por fin, a donde siempre soñó pero también el inicio de una carrera diferente en la que no faltaron obstáculos y contrariedades.

De las muchas efemérides que este año se celebran y tienen número redondo -el centenario de la única temporada completa, y su confirmación, de Granero, los sesenta años de la alternativa de El Viti, los 55 de la faena de Antoñete al toro “Atrevido”, el medio siglo del doctorado de Manzanares...- hay uno que destaca: la hazaña firmada por César Rincón hace treinta años en Madrid, logrando abrir la Puerta Grande de Las Ventas cuatro tardes de manera consecutiva.

Lo hecho por el torero colombiano tiene un carácter especial, primero por su condición de récord -nadie antes había logrado encadenar tal número de triunfos grandes en la plaza madrileña, la más importante del mundo: Miguel Báez Espuny “Litri” había salido a hombros de la misma en tres ocasiones seguidas y, por ejemplo, José Tomás necesitó nueve corridas para hacerlo por tercera vez- y, segundo, y puede que más importante, por la fe que puso en su apuesta. Tras su primer éxito bien podría haber rentabilizado aquel triunfo para dar la vuelta a España en plan figura, pero se lo jugó todo a una carta aceptando una sustitución para... el día siguiente. Y la suerte estuvo de su lado. La fortuna ayuda a los valientes y bien que lo demostró Rincón, que en dos tardes se había convertido en el gran suceso de la temporada.

Y cargó más la suerte si cabe al aceptar tomar parte en la Corrida de Beneficencia que se celebró unos días más tarde, mano a mano con Ortega Cano. Por tercera vez consecutiva su arrojo, valor y esfuerzo tuvieron recompensa y sumaba ya una nueva salida a hombros en la Monumental madrileña. Ya era el amo del toreo.

Aun se anunciaría una cuarta vez en el coliseo de la capital, para tomar parte en la Feria de Otoño. Aquella tarde del 1 de octubre, antes de brindar al público la muerte de su segundo toro, Rincón sostuvo una conversación con su apoderado, Luis Álvarez:

– Brinda tu último toro a este público al que todo le debes –dijo el apoderado

– Lo voy a hacer, pero espérame en la puerta de la enfermería porque por allí saldré del ruedo – respondió el torero.

Su decisión le hizo salir de nuevo a hombros y consolidar un hecho heroico que nadie ha podido después igualar.

Además, aquel año había toreado ya antes en Las Ventas, en abril y con un Ponce que preparaba su asalto al poder, dejando ver que aquel muchachito colombiano que se había fogueado en un espectáculo cómico tenía mucho que decir. Y lo dijo.

Disfrutó después de lo logrado pero no sin peaje. Su vergüenza torera no le permitía escurrir el bulto y dio la cara tarde tras tarde, plaza tras plaza, llevándose gloria, sí, pero también más de una cornada, aunque fue una hepatitis lo que frenó su carrera, obligándole a retirarse a finales de siglo. No se rindió y volvió a vestirse de luces en 2003, logrando muchos más grandes triunfos en esta nueva etapa, como las salidas a hombros en Sevilla en las feria de abril de 2004 y 2007, sus grandes tardes en El Puerto, Valencia, Arles, la Monumental de Méjico o su sexta salida a hombros por la Puerta Grande de la madrileña Monumental de Las Ventas, el 18 de mayo de 2005, con toros de Alcurrucén y El Cid y Eduardo Gallo completando el cartel.

Finalmente se retiró el 23 de septiembre de 2007, llevando las banderas de Colombia y España, con la plaza Monumental de Barcelona llena hasta el tejadillo para despedirle. Luego en 2008 se despediría del público de Colombia en la plaza de toros Santamaría, el 24 de febrero, mano a mano con Enrique Ponce ante los toros de su divisa de Las Ventas. Como dejara escrito Antonio Campuzano, Rincón representó un brote de autenticidad que renovó todos los establecimientos y consagraciones. La siempre recurrida distancia, los remates por bajo en la salida de las series en el toreo de muleta, la voluntad para dejar “crudo” al toro para el último tercio, todo ello constituyó una visión enciclopédica de una tauromaquia que tenía el dominio de las suertes como clave de bóveda para ofrecer un espectáculo de primera magnitud.

 

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