CARLOS BUENO

Rigor desigual, exigencia desbordada

Siempre he sido un ferviente defensor del rigor en los toros. Si la tauromaquia pervive será gracias a él. La exigencia y la seriedad son el secreto de que el toreo siga produciéndose a pesar del paso del tiempo y del ataque que ha sufrido por parte de reyes, papas, políticos y asociaciones animalistas varias. Sin respeto a la liturgia y a los cánones nada tendría sentido. Si los toreros pudiesen actuar vestidos de chándal, si a los toros se les pudiera dejar de picar o hacerlo de cualquier manera, si clavar banderillas fuese opcional, y si no importara que el estoque se clavase en los costillares, la tauromaquia sería pura insensatez, un disparate, una burla.

Y donde el toreo se hace eterno es en las plazas importantes, donde sale el toro serio y donde la afición exige con rigor. Son múltiples las faenas que se han convertido en legendarias, y todas ellas tienen el común denominador de haberse llevado a cabo en cosos relevantes. Por el contrario, por excelsas que fuesen, no dejaron rastro histórico aquellas que tuvieron lugar en ruedos irrelevantes.

Es así por mucho respeto que merezcan todo tipo de recintos taurinos, por mucho peligro que conlleven los animales con independencia de dónde se lidien, por mucho que los toreros necesiten aliviarse en ciertos lugares para tomar aire y sobrellevar la temporada, por mucho que dureza y tolerancia deban cohabitar. Entiendo que en muchos pueblos la gente vaya a los toros a divertirse, no a analizar. Y así debe ser. Pero la diversión por sí sola no es suficiente argumento para cimentar el futuro de la tauromaquia.

Divertido es el circo, el zoo, el cine, un concierto de Los Inhumanos, las despedidas de soltero y las fiestas de cumpleaños. Pero en el toreo no hay trucos ni efectos especiales, no hay monólogos humorísticos, ni chistes, ni strippers. No, esto es otra cosa. Por encima de todo emoción, una emoción que se produce cuando sobre el albero todo se realiza con seriedad. Y a ese punto se llega si desde los tendidos hay exigencia. Nada más satisfactorio, justo y emocionante que un triunfo merecido de verdad.

Y las presidencias deben ser rigurosas en la medida de la plaza en la que se encuentran. Ni se debe aplicar la dureza de Las Ventas en la portátil de Villa del Rosario, ni en Madrid se puede ser tan dadivoso como en Calzadilla, porque de lo contrario la anarquía irrumpiría, el respeto desaparecería y la tauromaquia sucumbiría. Por eso es tan importante la figura del presidente, que ha de mantener el rumbo y la exigencia del palco que ocupa. Sin embargo, me parece una aberración aplicar una dureza implacable sobre los chavales que empiezan siendo que, por el contrario, en demasiadas ocasiones se suaviza cuando son las figuras las que se anuncian.

El pasado fin de semana torearon en Valencia alumnos de diferentes escuelas taurinas. Las estocadas recetadas por la mayoría de ellos ya valían de por sí la oreja, y la actitud y el resultado artístico obtenido secundaba la concesión de, al menos, cuatro apéndices más de los otorgados. Se equivocó el presidente imponiendo una rigidez desmesurada con los benjamines del toreo. Dos de ellos merecieron haber salido por la puerta grande. Y otros tantos no debieron haberse marchado de vacío. Eso les hubiera dado moral y ánimo para seguir en su empeño, para saber que están haciendo las cosas bien. Lo contrario es crearles confusión y ser injusto con sus logros. Y eso denota insensibilidad y falta de afición. Veremos si en adelante las presidencias de Valencia unifican criterios y continúan por la senda del rigor o si, por el contrario, cuando hagan el paseíllo los de renombre, no aguantan la presión y se bajan los… pañuelos.

 

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