CARLOS BUENO

Yo me maldigo, Moratalla

Moratalla: No encontré el momento para darle a nuestra sincera amistad la importancia que tenía. Me arrepiento, aunque ya es demasiado tarde. Nunca te olvidaré y te querré mientras viva

Hace unos días falleció Enrique Moratalla Barba. Tanto con los pinceles como con la cámara un artista extraordinario, un fenómeno, un portento, un genio. Un personaje único, irrepetible. Uno de los últimos bohemios auténticos. Le idolatraba y le apreciaba con todo mi ser. Le quería de verdad y no me despedí de él. Y eso me pesará por siempre.

“El apunte de Moratalla” era lo primero que miraba cada vez que de joven compraba Aplausos, un semanario en blanco y negro dirigido por aquel entonces por Salvador Pascual. El apunte era una viñeta en la página tres que conseguía despertar mi imaginación de forma asombrosa. Me maravillaba la facilidad de aquel señor para plasmar con detalle momentos concretos de la lidia con sus sorprendentes rayajos. Luego, y antes de leer el contenido de la revista, ojeaba las hojas buscando sus fotos, siempre captadas en el momento preciso. ¿Cómo sería el tal Moratalla?, me pregunté durante muchos años.

Pasado el tiempo tuve la ocasión de conocerle. Fue a finales de los 90. Aplausos publicó una instantánea suya en la que se veía a El Califa esperando a un imponente Cuadri para darle uno de sus típicos pases cambiados por la espalda. La foto tenía una fuerza impactante, era espectacular, y no me pude resistir a telefonear a la redacción interesándome por adquirirla. Aunque yo no lo supe entonces, la llamada la atendió el propio Enrique Moratalla, que me indicó dónde y cuándo podía pasar a por ella. Con puntualidad taurina acudí a recogerla y allí me encontré al arista idolatrado, rodeado de papeles y envuelto en una nueve de humo que salía de un cigarrillo de ceniza kilométrica. “Soy Carlos Bueno, el de la foto de El Califa”, dije un tanto nerviso. “Y yo Moratalla”, contestó con rotundidad aquel hombre de poblada barba al tiempo que esbozaba una sonrisa tranquilizadora. En un sobre marrón me entregó la preciada foto revelada en tamaño folio. Un fotón. Y tras negarse a cobrarme ni un céntimo me marché con la alegría de haber conocido al artista del apunte, al fotógrafo magistral.

La anécdota se la recordé años después cuando, casualidades de la vida, comencé a trabajar en Aplausos y formamos collera en el área publicitaria. Además de llevar a cabo labores de redacción, yo hacía de comercial e ideaba eslóganes propagandísticos. Enrique me avisaba cuando tenía una foto extraordinaria, yo lo comentaba con los posibles clientes y él diseñaba las páginas. Salvador Pascual había vendido su preciado semanario y la revista tomaba un nuevo impulso a todo color dirigida por José Luis Benlloch. Los antiguos colaboradores fueron dando paso a gente nueva, como era mi caso, pero Moratalla permanecía cual bisagra entre los de antes y los de ahora. ¡Menudo maestro!

Con él aprendí lo que no enseña ningún curso ni está pagado con dinero. Enrique buscaba la perfección y siempre la encontraba. Cuidaba hasta el mínimo detalle: muletas sin una sola arruga, pies clavados a la arena, reunión máxima, el momento del pellizco, el ángulo exacto… Sus instantáneas rezumaban torería porque su alma era torera y entendía el toreo con la sensibilidad de muy pocos. No en vano Moratalla toreó siempre que tuvo ocasión en el campo y hasta en festivales. En uno de ellos, celebrado en Madrid, consiguió un apéndice, y siempre presumió de haber sido el único torero con barba que había cortado una oreja en Las Ventas.

Participamos mano a mano en proyectos, ideas y trabajos, y nuestra amistad fue creciendo a pasos agigantados. No era difícil, pues se trataba de un ser entrañable que compartía su sabiduría y vivencias con naturalidad y franqueza. A Enrique no había que darle prisa. Él iba a su aire. Podías pasarte una mañana llamándole sin que cogiese el teléfono. Pero cuando devolvía la llamada te sorprendía con obras admirables. ¿Cuándo las había realizado? No había horario para él, seguramente a media noche cuando la ceniza de su séptimo cigarrillo era kilométrica y el humo le había inspirado.

Viajamos juntos cubriendo ferias y realizando reportajes. Le recuerdo emocionado escuchando a Lole y Manuel, canturreando “Giralda” y “Bulerías de Manuel”, canciones de ese hombre que “se sacaba la voz de los cojones”, como él describía. Aquellos trayectos en coche fueron una delicia. Su conversación llenaba el tiempo y mi espíritu. Hablábamos del toreo y del arte, de su vida y de la mía, de alegrías y también de penas. Jamás podré agradecer el tesoro que supusieron para mí sus consejos y confidencias que irán conmigo hasta que yo también me marche.

Pero con el paso del tiempo las cosas cambiaron. Los dos dejamos Aplausos, cada cual por sus motivos. Él porque veía cómo sus trabajos perdían presencia, porque cubría menos festejos y porque el valor de sus fotos se depreciaba. Enrique se sentía infravalorado y hasta traicionado. Aquello nunca lo entendió y acabó minando su energía. Tanto que un buen día decidió poner tierra de por medio y salir de Valencia, donde vivía desde joven, para volver a su Albacete natal. Apagó el teléfono y hablar con él fue prácticamente imposible durante mucho tiempo, demasiado tiempo, y pasaron los años sin que tuviésemos contacto.

Aún así le recordé de forma constante. En mi despacho continua la foto de El Califa que propició nuestro primer encuentro, y muy cerca de ella el libro que escribí sobre Esplá que está ilustrado con sus instantáneas ¡Menuda experiencia convivir los tres durante varias jornadas! En cierta ocasión le pedí un dibujo para la vestimenta de los socios de mi peña y llegó con tres diseños distintos. En mi armario conservo las tres camisetas como un tesoro ¿Cómo me iba a olvidar de Moratalla?

Sin embargo no le dije adiós. Después de perderle la pista supe que había regresado a Valencia hace cuatro meses. Me sorprendió que no me llamara, y ahora sé que no lo hizo porque vino enfermo y no quería hacerlo público. Tenía que haberle telefoneado pero soy una calamidad. “Mañana le tengo que llamar”, me repetía uno y otro día. Pero mañana nunca llegó porque siempre tenía algo que hacer. Ahora me maldigo por no haber marcado su número o por no ir directamente a su casa. Tuve cuatro meses para hacerlo y lo fui dejando hasta que fue demasiado tarde. Ahora me doy cuenta de que hay demasiadas cosas que pueden esperar, pero un amigo no.

Moratalla: No encontré el momento para darle a nuestra sincera amistad la importancia que tenía. Me arrepiento, aunque ya es demasiado tarde. Nunca te olvidaré y te querré mientras viva. Llevaré siempre conmigo la carga de no haberme despedido de ti. Yo me maldigo por ello.

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