OPINIÓN

Una imagen que vale más que mis palabras

Es una foto muy buena”, le dije de inmediato. Pero realmente es más que buena, es fantástica. La imagen tiene una fuerza increíble y dice más de lo que a primera vista puede parecer. Se trata de la salida por la puerta grande de la plaza de toros de Valencia de Román y Paco Ureña durante la pasada Feria de Julio. Es una salida a hombros apoteósica. Lo denotan las caras del costalero de Román y de quien guarda las espaldas del de Ureña. Lo expresa el semblante de preocupación de los policías intentando abrir paso a la comitiva triunfante. Lo indican los brazos de los admiradores que pretenden tocar a los ídolos izados. Se percibe el empuje del maremágnum de cuantos van detrás en procesión. Es una puerta grande de las de antes, de las de verdad, de las apasionadas, de las que despiertan fervor. Quien en ese momento pasara por las inmediaciones del coso y viviese el instante seguro que pensó que dentro había ocurrido algo impactante, algo auténtico, algo grande, algo que realmente valió la pena. El autor de la instantánea es Carlos Gómez “Litugo”, que me la envió pocos minutos después de haber ocurrido. Le dije que era muy buena, pero realmente es más que buena, es fantástica.

Y lo es porque, además de todo lo que sugiere de inmediato, refleja el carácter de cada torero. Román y Ureña triunfaron sobre el albero valenciano el mismo día, a la misma hora, con la misma ganadería. Pero cada cual lo hizo fiel a su personalidad, muy distinta entre sí. Uno con su contagiosa alegría. Otro con su impactante sobriedad. Uno conecta de inmediato con su espontaneidad. El otro con su majestad. Ambos con la sinceridad de su tauromaquia. En el toreo todo es válido cuando se realiza con verdad, y no hay mayor verdad que torear como se es. Román es natural, instintivo y hasta ingenuo. Ureña es solemne, reflexivo y hasta grave. Sí, cada uno triunfó con sus armas, con su identidad. Fueron dos éxitos legítimos, lo proclama la foto de Carlos, que también anuncia quien es cada cual sin que haga falta que los conozcamos. Román, de blanco, es todo jovialidad y parece querer vivir el momento intensamente junto a la gente que le rodea. Le delata su sonrisa cómplice con los aficionados. Ureña, de rojo, es el misticismo personalizado y aparenta querer vivir el momento de forma íntima. Le delata su mirada perdida en el más allá. 

Sin duda es una foto fantástica de Carlos Gómez “Litugo”, un venezolano afincado en Valencia a quien apasiona la tauromaquia. Se enamoró de España -el país de su madre- en cuanto llegó desde su tierra natal hace más de una década. El entusiasmo por los toros lo lleva en los genes. Su padre fue el matador Alí Gómez Toro, que se presentó en Madrid en 1948, tomó la alternativa en la Monumental de Méjico en 1949 y alcanzó renombre al otro lado del Atlántico en la década de los 50. Pero esa es otra historia. La que ahora nos ocupa es que su imagen vale más que mil palabras, por mucho que yo me haya esforzado en analizarla.

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