CARLOS BUENO

Suprimir los premios

martes, 01 de octubre de 2019 07:03
martes, 01 de octubre de 2019 07:03

A veces pienso que se deberían eliminar los premios finales de las ferias taurinas. ¿Cómo se puede dictaminar quién ha sido mejor en una actividad artística como el toreo? ¿Acaso alguien puede afirmar que Goya fue mejor pintor que Picasso? ¿O Beethoven mejor músico que Mozart? ¿Es mejor Manzanares que Morante? En cualquier arte la subjetividad impera, quiero decir los gustos personales, pero de ahí a atreverse a enjuiciar quién está por encima de otro hay un abismo. Nada que objetar sin embargo, cuando se trata de distinguir la mejor faena de un ciclo, porque ahí entran en juego las debilidades de cada miembro del jurado.

Uno puede preferir a Goya y Mozart antes que a Picasso y Beethoven, o El Viti a El Cordobés. Pero cuando el galardón pretende dictaminar quién es el triunfador de un serial, los gustos personales de quienes votan deben quedarse a un lado. Es decir, que si en una feria El Cordobés cortaba más orejas que otro torero, él era el laureado, sin que por ello se tuviera que dejar de reconocer que, pongamos por caso El Viti, hubiese realizado una faena de mayor mérito.

Viene esto a colación del último veredicto del jurado de Algemesí. Hacía décadas, décadas, que sobre el albero no veía una labor tan entregada, intensa y emocionante. Hacía décadas que no sentía cómo una plaza parecía venirse abajo con la actuación de un novillero. Ha habido y habrá mejores trasteos, por supuesto, pero, predilecciones aparte la actuación de Jordi Pérez “El Niño de las Monjas” supuso un impacto que tardará años en olvidarse, si es que se olvida. Su paso por el serial acabó con el corte de tres apéndices, más que ningún otro de los 19 novilleros participantes, y el jurado oficial no ha tenido el mínimo detalle con él. No sé si es falta de sensibilidad o hay alguna mano negra detrás. Mejor no saberlo.

El partido lo gana el equipo que marca más goles, no el que juega mejor, y el pichichi es el que más anota, no el que más nos gusta. Por eso, quitarle a alguien aquello que se ha ganado a ley es, más allá de despreciable, una injusticia, máxime cuando se trata de chavales que empiezan con toda la ilusión del mundo y que se juegan la vida por un sueño.

El título de triunfador final del ciclo ha ido a parar a manos de Miguel Polope. Ojo a este torerazo que brilló de forma majestuosa en una actuación de maestro que hace vislumbrar un esperanzador futuro para él. Ojo a este Polope que les gustó más a los miembros del jurado, y están en su derecho de sentir predilecciones. Hasta puede que a mí me gustase más. Pero al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, y en esta ocasión no hacía falta desposeer a uno de los laureles para dárselos al otro, porque instaurar una mención a la mejor faena sólo hubiese sido cuestión de sensibilidad y justicia.

Por fortuna la televisión local se acordó de Jordi y le premió, por fortuna las empresas habrán tomado buena nota y le llamarán, y por fortuna la Comisión Taurina de Algemesí le volverá a anunciar el próximo año, es a lo que por derecho se ha hecho acreedor. Y junto a él hará el paseíllo Miguel Polope, que es posible que a lo largo de su carrera acabe recogiendo más distinciones. Y ambos crecerán artísticamente y ojalá lleguen muy alto porque los dos tienen cualidades diferentes pero igualmente válidas e ilusionantes.

A veces pienso que se deberían suprimir los trofeos finales de las ferias taurinas porque sólo valen para ganar disgustos, enfados y enemistades. No hay mejor recompensa que los aplausos y las orejas que otorga el público, y, por supuesto, que se vuelva a contratar a quienes se lo han ganado en el ruedo. Viva el de las monjas, viva Polope y viva la tauromaquia libre y verdadera, sin intereses ni agravios.

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