CARLOS BUENO

Annus horribilis

martes, 29 de octubre de 2019 07:59
martes, 29 de octubre de 2019 07:59

Ha terminado la temporada taurina 2019. Ha sido dura, muy dura, y su dramático final ha dejado un agrio sabor en el ambiente. Las terribles cornadas de Gonzalo Caballero en la Feria de Otoño madrileña y de Mariano de la Viña en el Pilar de Zaragoza han empañado grandes éxitos acaecidos a lo largo de año. Y hasta han eclipsado otros percances de extrema gravedad que se produjeron durante la campaña.

Los sobresaltos empezaron con la infausta cogida sufrida por Enrique Ponce en las Fallas valencianas, que se saldó con un puntazo en el glúteo y una severa lesión de rodilla que le tuvo apartado de los ruedos durante cinco meses. Roca Rey también se quebrantó pronto. Fue durante el ciclo isidril, aunque aguantó hasta Pamplona donde se vio obligado a cortar la temporada porque sus cervicales ya no resistían más. La ausencia de estas dos grandes figuras acabó condicionando la composición de muchos carteles.

San Isidro fue escenario de once percances, entre ellos los de Víctor Hugo Saugar, Luis David, Ritter, Pablo Aguado o David Mora, aunque los más serios fueron los padecidos por Gonzalo Caballero, Juan Leal, Manuel Escribano y Román, corneado en sus dos corridas, en la última de forma espeluznante. De los once incidentes cinco fueron calificados de graves y uno de muy grave.

En San Fermín un Miura estrelló contra las tablas a Rafaelillo, un escalofriante infortunio que a punto estuvo de costarle la vida. El torero murciano no podía respirar y pidió despedirse de su mujer y sus hijas. El parte de guerra reflejaba doce costillas rotas, neumotórax, pulmones perforados, líquido en la pleura, contusiones en el hígado y, a día de hoy, más de tres meses después, su recuperación continúa siendo desesperadamente lenta.

De nuevo en Madrid, esta vez en septiembre, un toro dejó sin visión en el ojo derecho a Javier Cortés, y el mes siguiente Gonzalo Caballero recibió otra tremenda cornada que le mantuvo trece días en la UCI. La cantidad de sangre transfundida provocó que al torero madrileño ahora se le tenga que efectuar diálisis. Por fortuna saldrá de esta porque fue atendido por las mejores manos y en una enfermería inmejorable. Un día más tarde Mariano de la Viña se salvaba de la muerte en Zaragoza de forma casi milagrosa y sólo gracias a la confluencia de factores como el avance de la medicina, el impecable equipamiento del quirófano y, sobre todo, el fantástico equipo médico que, más allá de tratarse de extraordinarios profesionales, se encontraban en el más oportuno estado de inspiración y gracia.

Es evidente que ha sido un “annus horribilis” por lo accidentado que ha acabado resultando. Pero eso es algo que debe dignificar la tauromaquia en estos tiempos en los que está sufriendo despiadados ataques que no acaban de ser contestados como sería deseable. La verdad del toreo es el mejor argumento para repeler tanta animadversión interesada. Y es que los toreros son seres anacrónicos en el siglo XXI, auténticos héroes en tiempos de realidad virtual, de apariencias y postureo, de superficialidad, de frías tecnologías y emociones programadas. Llega el invierno y toca recuperarse y planificar una nueva campaña en la que, sin duda, la gloria y el dolor de nuevo irán de la mano para mayor grandeza de la tauromaquia.

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