CARLOS BUENO

Para gustos, los toreros

martes, 08 de octubre de 2019 07:06
martes, 08 de octubre de 2019 07:06

Para gustos, los colores. Y también los toreros. Aunque a cualquiera que esté alejado del mundo de los toros pueda parecerle que torear es siempre lo mismo -un pase tras otro lo interprete quien lo interprete- no hay nada más alejado de la realidad. Se torea como se es, dijo con acierto Juan Belmonte, y, por lo tanto, atendiendo a que todos somos diferentes, cada cual expresa la tauromaquia según su personal forma de sentir.

Esta máxima es aplicable a cualquier actividad de la vida, artística o deportiva, laboral o incluso de ocio. Los abogados poseen estilos diferentes a la hora de acusar o defender en un juicio, los arquitectos diseñan de forma distinta, cada futbolista juega a su modo, y hasta preferimos tomar una copa en un bar donde el camarero nos la sirve de manera peculiar. Gracias a eso el mundo no es una insoportable monotonía de reiteraciones y copias intolerables.

En el toreo, como en el resto de artes, esta desigualdad entre intérpretes es evidente. Es más, en muchos casos un mismo torero produce disparidades de ejecución, sobre todo los considerados artistas que actúan según les inspiran las musas. Éstos son capaces de cambiar enojos por emociones en una misma corrida. Y esa impredecibilidad engrandece la tauromaquia.

Por eso, aunque es lógico y lícito que cada aficionado tenga sus gustos y predilecciones, es sano intentar aceptar a cada matador tal y como es, siempre y cuando haga las cosas con entrega y verdad. Viene esto a cuento de la última comparecencia de Antonio Ferrera en Madrid, una actuación en solitario durante la Feria de Otoño que ha desatado pasiones y rechazos.

Como queda explicado, es imposible que todos los toreros sean del agrado de la totalidad del público, y Ferrera no es una excepción. Pero no es de buen aficionado despreciar su reciente paso por Las Ventas. El extremeño preparó la cita con mimo y a consciencia para sacar a relucir un amplísimo repertorio de pases de capote y muleta, algunos de ellos rescatados del baúl del olvido, y dar un recital con percal y franela. Ferrera fue pasión, inspiración, serenidad, improvisación, variedad, dinamismo, se arrebató en banderillas, por momentos tuvo magia, nadie se aburrió… Lo dio todo en una tarde completa de total entrega y sentimiento, con gran sentido de la lidia y vivida con desbordante pasión en los tendidos. Ferrera exhibió un conocimiento de la medida de las faenas proverbial para abrazarse a la intensidad y no a la cantidad.

Por supuesto que todos están en el derecho de valorar si hubo momentos en los que no toreó con el asentamiento de no sé quién. Pero es que Ferrera no es ese “no sé quién”, sino él mismo, y así hay que aceptarlo. Qué aburrido sería si todos fuesen Curro o Miguelín, Morante o Jesulín, Perera o Ferrera. Por fortuna para gustos están los colores, y los toreros.

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Indiferencia

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