CARLOS BUENO

Imperfección y naturalidad

La sinceridad siempre acaba triunfando. La naturalidad nunca pasa de moda
martes, 04 de junio de 2019 09:26
martes, 04 de junio de 2019 09:26

La sinceridad siempre acaba triunfando. La naturalidad nunca pasa de moda. Se torea como se es, la afirmación de Belmonte sigue tan vigente ahora como hace un siglo. Lo postizo no cala. La ficción está condenada al fracaso. El ser humano es imperfecto. Por eso el arte también lo es. La perfección es helada. La emoción llega a través de la sinceridad, de la naturalidad, de la difícil facilidad que transmiten los artistas ante obras tan asombrosas como imperfectas.

La técnica es necesaria para llevar a cabo cualquier actividad, por supuesto también en el arte de la tauromaquia. No es malo poseer una técnica excelsa siempre y cuando quede velada tras el sentimiento y la inspiración. Sin embargo, cuando se invierten los términos el toreo pierde transmisión. La suficiencia ensombrece la heroicidad inherente al toreo y desaparece la capacidad de asombro que debe desprender el torero. Los tendidos se enfrían. Hay quien come pipas, que es el mejor termómetro para medir la insulsez de una faena. Con el corazón en la garganta o con el alma levitando nadie es capaz de quitar ojo del ruedo y menos de comer pipas.

Durante el San Isidro que ahora transcurre ha habido toreros que han llevado a cabo faenas de exquisita técnica, la impecable para sacar de sus antagonistas más partido del que se presuponía en principio. Sin embargo han pasado sin pena ni gloria. ¡Ha estado perfecto!, afirmaban los profesionales, pero el público comía pipas. Y si no se transmite al respetable de nada valen las adulaciones de los taurinos. El torero es humano y como tal imperfecto. Y cuando es capaz de superar sus imperfecciones y crear una obra asombrosa, la emoción lo inunda todo y las limitaciones le engrandecen como héroe.

Ya casi no hay broncas en las plazas de toros. Difícilmente se viven contrastes dentro de una misma función. Apenas hay rastro de aquellas memorables tardes de odio y de fervor, de fracasos y de éxitos en un mismo festejo. El recuerdo de Curro Romero soportando la ira más voraz de sus partidarios en un toro y en el siguiente pretendiendo ser elevado a los altares es ya tan lejano que parece un ensueño. Y es que hoy la técnica lo inunda todo, a veces de forma tan desmesurada que tal virtud acaba pagándose como penitencia.

Hace sólo unos días Antonio Ferrera puso la plaza de Madrid boca abajo con un toreo tan sincero y natural como imperfecto. Hubo momentos en su faena de enredo, de desbarajuste, de reiniciar la tanda porque aquello no tenía directriz. Instantes que demostraron la humanidad del dios torero y que incrementaron la consideración que se le profesa a todo aquel que se pone ante un toro. Gracias a una técnica tan necesaria como encubierta un hombre se expresaba a base de inspiración. Fue una obra mágica repleta de entrega, verdad y sentimiento, como también lo fueron las de Román, David de Miranda o Pablo Aguado, por ejemplo. Ese es el toreo que triunfa y que siempre emocionará. A lo largo de la feria ha habido faenas más perfectas, pero sin el alma, la sinceridad y la naturalidad de estas, y aquellas pagaron la penitencia de su gélida superioridad.

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