CARLOS BUENO

Ronda, de la desilusión al sombrerazo

El resultado final del festejo maquilló el vacuo contenido bravo que su desarrollo iba ofreciendo. Es decir, que la oreja conseguida por Morante y las tres de Pablo Aguado pueden parecer el botín de una tarde histórica que no fue tal.
martes, 03 de septiembre de 2019 07:42
martes, 03 de septiembre de 2019 07:42

Sucedió en Ronda, en su última corrida goyesca. A medida que salían de toriles, la desgana, la sosería y la endeblez de los toros de Juan Pedro Domecq aumentaban el desencanto de una afición de paciencia inaudita. Morante firmó varios pasajes repletos de su particular gracia torera ante el tercero y los ánimos se calmaron, y Aguado obligó a seguir su mandato al cuarto para arrancarle un merecido apéndice. Poco más ofreció el evento hasta la salida del sexto, cuando el matador de moda sevillano se sintió a la verónica para erizar la piel de los pacientes. Pero el toro copió el comportamiento de sus anteriores hermanos y se paró en la muleta para que el desaliento volviese a inundar la histórica plaza.

Fue entonces cuando Morante decidió regalar el sobrero a su joven compañero de terna. ¡Salve Morante!, honor a él. Gesto que le dignifica y ennoblece. Y el signo de la 63ª Goyesca cambió, por fortuna, de forma radical. Aguado hizo el toreo y el toro –de Domingo Hernández– hizo honor a su condición de bravo. Embistió hasta el final y posibilitó que la emoción venciera al hastío, a la decepción que nadie desea para una cita tan significativa.

Es evidente que conocer el comportamiento de un animal como el toro es impredecible. Pero hay fechas marcadas en las que todo se debería cuidar hasta el límite para que el resultado fuese triunfal. La corrida de Ronda es uno de esos acontecimientos que merecen el mejor de los desenlaces, y posiblemente este año con mayor motivo.

Fran Rivera, su organizador, decidió adelantar una semana su natural celebración, provocando su salida del calendario festivo local, algo que no había gustado a los rondeños. Aún así las taquillas colgaron el cartel de “No hay billetes” porque, como es habitual, había demanda de todo el orbe taurino. Defraudar a los locales y a la clientela que colmó los tendidos hubiese sido demasiado. El precio medio de las entradas superaba los 100 euros, un importe que suponía un bocado para la cartera de muchos entusiastas que hicieron un esfuerzo para no perderse el suceso.

Felizmente la magia del toreo pellizcó por momentos a unos espectadores que olvidaron el desembolso que habían efectuado y se estremecieron con la inspiración puntual de Morante y con la solidez de un Aguado en estado de gracia. Tanta era la frustración que invadía el ambiente que cuando la chispa del arte se hizo presente hubo quien se emocionó de tal manera que hizo volar su sombrero hasta el albero. En un momento una veintena de ellos invadieron la zona de tablas. Estampa antigua y bella. Si los multiplicamos por una quincena de euros de coste la cuenta no falla, 300 pavos. Alguien podría pensar en revenderlos. Así que si encuentran un puesto de sombreros de segunda mano junto a la plaza de Ronda ya saben de dónde proceden. Cosas de la emoción, que por dicha aparece cuando menos se le espera y todo lo maquilla.

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