CARLOS BUENO

Libertad de expresión sobre el albero

martes, 27 de octubre de 2020 · 08:11

Curro Romero, sublime artista, inigualable creador, maestro de cimas y simas, siempre afirmó que jamás se había leído un reglamento taurino y se mostraba a favor de dotar de libertad de expresión sobre la arena al torero, que es quien debe sentirse inspirado para realizar su obra sin encorsetamientos establecidos en leyes que parece absurdo imponer al arte.

Nadie puede imaginar que a un pintor se le dictamine qué pincel ha de usar, qué colores emplear o cuánto tiempo puede tardar en acabar un cuadro. Y lo mismo ocurre en escultura, pintura, literatura, música… Sin embargo, los matadores tienen establecidos los utensilios, modos y tiempos para cada instante de la lidia. Lamentaba Romero que se había retirado sin poder realizar una faena completa con el capote porque la reglamentación lo impedía, y afirmaba que nadie mejor que los que se ponen delante del toro para desarrollar el sentimiento que llevan dentro según el estado personal y las condiciones del animal al que se enfrentan.

Llevaba gran parte de razón Curro, que sólo era capaz de mostrar su excelsa capacidad artística cuando sentía que se daban todas las circunstancias favorables para sacar a relucir la pureza que siempre buscó con obsesión. Cuando aquello ocurría el momento era mágico, de emoción incontenible, de total entrega a la verdad, de abandono al sentimiento, de olvido del mundo entero alrededor. Y la gente le esperó siempre porque en él encontraba aquello especial y diferente que estaba buscando y de lo que otros toreros carecían.

No hay dos toreros iguales, y quien intenta triunfar imitando a otro está abocado al fracaso. Curo Romero fue único, como lo es Antonio Ferrera. Dos toreros distintos que, en parte, confluyen en la filosofía currista que huye de opresiones reglamentaristas. Y así lo hizo ver Ferrera una vez más el pasado 24 de octubre en Cáceres, quizá la corrida en la que ha expuesto con mayor nitidez su alma libre, su voluntad de productor espontáneo.

El arte es irreverencia, atrevimiento, osadía, liberación, frescura… y de todos esos ingredientes hubo en el festejo que el extremeño protagonizó en solitario en la plaza de su tierra. Puede que hasta fuese un tanto libertino para tomarse licencias que siempre acaban despertando suspicacias y polémicas entre los más ortodoxos. ¿Pero acaso el arte tiene que ser dogmático, imperativo e inamovible? El toreo, siempre dentro de unos rangos, está en continua evolución, y Antonio se encargó con su actuación de manifestarlo bien a las claras.

Los cánones mandan que el toreo al natural se haga sin la ayuda montada, sin embargo él lo hizo. También ejecutó naturales con la mano derecha. Sacó al toro del caballo con un par de banderillas en la mano al tiempo que manejaba el capote. Ordenó ejecutar la suerte de varas en los medios. Puso en escena su particular forma de entrar a matar al paso a larga distancia, y todo además de desempolvar quites y formas olvidadas o desconocidas.

Es cierto que no siempre muleteó con la profundidad que pone a todo el mundo de acuerdo. Pero en su actuación hubo total entrega y emoción a raudales. Fueron seis faenas dinámicas a seis toros de diferentes características cargadas de variedad y diversidad. Hubo lírica y épica, intensidad, entusiasmo, conmoción, éxtasis, alegría, compromiso y pasión. Nadie se aburrió y todos salieron de la plaza hablando de lo que habían visto y sentido. No parece mala cosa que aparezcan Ferreras que rompan normas absurdas y abonen el campo de la libertad de expresión sobre el albero, como en su día pretendía el irrepetible Curro Romero.

 

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