CARLOS BUENO

El Covid-19 sí que contagia a los toros

martes, 24 de marzo de 2020 08:44
martes, 24 de marzo de 2020 08:44

Estaba previsto un inicio de temporada espectacular. El interés que habían despertado los ciclos de Fallas y la Magdalena calmaba los vientos antitaurinos que últimamente soplaban con fuerza. El mejor argumento contra los detractores son las plazas llenas, y en Valencia, una semana antes del inicio de su serial, ya se había agotado el papel para alguno de los festejos mientras la venta para el resto marchaba a muy buen ritmo. Iba a ser la feria del retorno de Roca Rey a las plazas europeas después de su forzoso parón en San Fermín del año pasado, la del aniversario del irrepetible Enrique Ponce, que cumplía 30 años como doctor en tauromaquia, 30 años de éxitos, 30 años en lo más alto, 30 años sorprendiendo.

Estaba previsto que 2020 fuese además el año de la reaparición de Talavante, fechada para el 11 de abril en la plaza francesa de Arles. El de otra aparición de José Tomás, contratado dos tardes en Nimes, la primera de ellas el 31 de mayo. El año de un renacido Rafaelillo que debía empezar una nueva etapa con el merecimiento del mejor de los tratos. El de la consagración del deseado Pablo Aguado y el esperado David de Miranda. El de los idolatrados Paco Ureña y Emilio de Justo. El de la celebración del 50 aniversario de alternativa de Julián García. El año de tantas sorpresas inesperadas y desconocidas que ahora se esperan pero que continuarán por conocerse, al menos hasta que venzamos a la maldita pandemia de coronavirus que nos ha invadido.

Y es que el perverso Covid-19 se ha llevado por delante nuestras tradiciones y rutinas, nuestra libertad. Nos ha cambiado la vida y ha contagiado a nuestros congéneres, a nuestra economía, a nuestra sociedad y también al mundo del toro. Independientemente de sus efectos en la salud, lo sufren en sus bolsillos los toreros, subalternos y empresarios, pero con especial ferocidad los ganaderos. Los animales bravos continúan comiendo y produciendo gasto sin generar ingresos. Ellos no saben de coronavirus y prosiguen con su vida diaria, y los vaqueros no pueden desatenderlos.

La pervivencia de muchas ganaderías depende de que se lidie un 10% de sus animales, los que han alcanzado al menos los cuatro años de edad. Peligra de inmediato la vida de los toros cinqueños, que no encontrarán salida ni en los festejos populares de las calles, también paralizados. Se estima que si la campaña no empieza en junio sobrarán un millar de ejemplares en el campo. Ante tal panorama corre serio riesgo la continuidad de muchos hierros. Si perece una ganadería desparecen puestos de trabajo y multitud de industrias veterinarias, de nutrición, de mantenimiento… y se deberían buscar alternativas agrícolas para que no suponga una pérdida irreparable en la ecología y la biodiversidad.

Se calcula que el impacto de la pandemia del coronavirus en la tauromaquia, proyectando los daños económicos si la crisis sanitaria se extiende al mes de junio, superaría los 700 millones de pérdidas. El panorama es desalentador. Desde luego ya nada volverá a ser como antes, que no le quepa la menor duda a nadie. Tampoco en el arte del toreo, que tendrá que comenzar a mentalizarse de que tiene que reestructurarse, reinventarse y readaptarse si quiere seguir existiendo después del Covid-19.

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