CAPOTAZO LARGO

Descansar, digerir y olvidarse del jet lag

martes, 30 de abril de 2024 · 07:38

“Llegar a ser figura del toreo es casi un milagro”. La frase la pronunció el diestro salmantino Santiago Martín “El Viti” y el lema preside la nave de prácticas de la Escuela de Tauromaquia de Madrid. Si hacemos un recuento de la cantidad de centros de enseñanzas taurinas que existen (sólo en España hay 63, a los que hay que añadir los de Francia, Portugal, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú…) y calculamos que, tirando por bajo, de media tienen 10 matriculados por curso, estimaríamos que en el mundo puede haber unos 1.000 chavales que cada año pretenden ser matadores. En realidad, no todas las temporadas aparece una nueva estrella del toreo. Siendo optimistas, se podría aceptar que cada lustro uno de ellos alcanza el estatus de figura. En resumen, que, en el mejor de los casos, sólo un 0’02% de los aspirantes consigue aquello que soñó y por lo que se sacrificó desde niño.

Para ser becerrista sólo hay que apuntarse a una escuela. Poseyendo unas condiciones innatas, con la técnica que se enseña y teniendo un mínimo valor, y sumando el número de festejos mínimos requeridos por categoría, uno puede pasar a ser novillero sin caballos, luego con picadores y finalmente tomar la alternativa. Pero a partir de ese momento ni las facultades, ni la técnica, ni el valor son suficientes para seguir rodando, y cogen peso factores como disponer de una afición desmedida, espíritu de superación, amor propio, ambición, inteligencia, raza, conexión, capacidad para superar miedos y adversidades, fortaleza mental, regularidad, no fallar con el estoque en los momentos clave… y, sobre todo, personalidad. Intervienen tantas variables para obtener la consideración de astro, que llegar a serlo lo convierte prácticamente en un milagro.

Y, por si fuera poco, se suman otro par de elementos que lo complican todo aún más. Uno lo reveló Antonio Ordóñez en la década de los 60 cuando aseguró que “para ser figura primero había que saber dormir en el coche de cuadrillas”. Y no era ninguna tontería. Los incesantes viajes durante las noches de una plaza a otra, implicaban que había que descansar durante el traslado. Tener la suerte de pernoctar profundamente mientras otro conduce, conlleva un sosiego imprescindible para luego hacer el paseíllo “fresco” y ofrecer la mejor versión de uno mismo tarde tras tarde, sobre todo en los meses estivales, cuando los festejos se suceden cada día.

Los matadores del siglo XIX se trasladaban en carruajes. Los de principios del XX en tren, pero, con la expansión automovilística en España y la irrupción de los primeros “haigas” en los años 50, los viajes se efectuaban en coche, lo que continúa en la actualidad, evidentemente con la mejora que supone disponer de furgonetas especialmente equipadas y una red carreteras que reduce el tiempo de tránsito. Aún así, es primordial ser capaz de aprovechar las horas sobre el asfalto para reposar.

Otro condicionante a la contra lo constituye el estómago. Gozar de un buen sistema digestivo es más importante de lo que pueda parecer. Comer hoy aquí y mañana allá no sienta bien a todos. Los cambios de agua, la elaboración de los alimentos, los aceites y hasta algunos ingredientes son distintos en Andalucía, País Vasco, Francia o Colombia. Que la “caldera” aguante bien y no te juegue una mala pasada es fundamental para saltar a la arena con alegría.

Por todo ello, me sigue maravillando comprobar cómo hay figuras que unos días después de torear en Sevilla y Ciudad Real triunfan en las ciudades mexicanas de Monterrey y Aguascalientes, a continuación lo harán en la española de Jerez y después en la francesa de Nimes. Desde luego, además de ostentar valor, técnica y personalidad, saben descansar por el camino y tienen una “caldera” a prueba de bombas (y no padecen jet lag).

 

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