CAPOTAZO LARGO

Morante: del suelo al cielo

Por Carlos Bueno
martes, 21 de octubre de 2025 · 06:41

Barrunté lo peor cuando José Antonio Morante de La Puebla sobrepasó las dos rayas del tercio pintadas sobre la arena de Las Ventas. No era normal llegar hasta el centro del platillo para saludar después de dar una apoteósica vuelta al ruedo. Y cuándo él se echó mano a la coleta, yo me cogí la cabeza. Se estaba marchando sin avisar, después de una faena de puerta grande, como sólo un genio es capaz de hacer, instalado en lo más alto, habiendo triunfado en todas partes, con todo demostrado, cuando más público atraía a las plazas. Intenté contener el llanto sin conseguirlo. No había vuelta atrás. El torero con más capacidad para movilizar tras él a un séquito de fieles se despedía entre lágrimas.

Aquel dios del toreo quedaba transformado en un hombre frágil, fragilidad que había quedado patente minutos antes, cuando el toro le propició una estremecedora voltereta que hizo presagiar lo peor. Fernando Carbonell, traumatólogo de la plaza de Valencia, me confesó que llegó a pensar que había quedado tetrapléjico. Pero en aquel momento Morante todavía era un héroe vestido de luces y consiguió resucitar para llevar a cabo su última obra sublime. Despreció los terrenos; menospreció la ley de la impenetrabilidad de los cuerpos para ajustarse de forma increíble, como antes ya había hecho con el percal; ligó sin enmienda y sin espacio de manera inexplicable; creó una belleza excelsa, y mató de una soberbia estocada, un homenaje a la suerte suprema de extraordinaria perfección. Emoción desbordante desde el saludo capotero hasta el final. ¿Se mide eso en orejas? Seguro que no.

Pero el hombre de La Puebla no podía más. Mientras se desprendía de la coleta pensé en varias cuestiones. La primera, y más importante, que nadie puede imaginar lo que habrá sufrido José Antonio para llevar a cabo una campaña tan intensa como la que ha protagonizado. Día tras día, su enfermedad mental le resta ánimos y recuerdos, motivación y brío. Sólo él sabrá lo que le ha costado echar para adelante cada tarde. Pensé que merecía descansar para centrarse sólo en sanar; lo contrario sería puro egoísmo. Pensé que, a priori, no veo a nadie con su carisma y tirón para invitar a la peregrinación. Pensé en la papeleta que van a tener ahora los empresarios de las ferias importantes para confeccionar carteles rematados. Pensé que pronto o tarde saldrá otro torero señalado con un don misterioso que le convertirá en elegido, otro ídolo de masas, sí, pero durante un tiempo vamos a atravesar un inevitable y preocupante desierto.

Terminada la corrida, y entre gritos de ¡torero, torero!, el ruedo resultó literalmente invadido por aficionados incontrolables que pretendían izar a su Mesías. Jóvenes muy jóvenes, qué curioso. Una marabunta de 20 años de promedio le rendía adoración y respeto a un maestro alejado de modernidades, apegado al toreo arcaico, clásico, de lenguaje escueto y vestimenta obsoleta, que fuma puros y huye del gentío, que no se prodiga en programas de televisión ni comparte con influencers, que no tiene canales oficiales de Instagram, ni Twitter, ni Whatsapp. Será que la autenticidad siempre acaba abriéndose paso para triunfar. Será que la verdad siempre impera ante el descrédito que algunos intentan imponer sobre la tauromaquia. Y los jóvenes elevaron al cielo aquel cuerpo que momentos antes yacía sobre el suelo conscientes del privilegio que ha supuesto haber vivido su época.

Sería injusto con otros toreros afirmar que Morante ha sido el más grande de la historia. Pero cuesta encontrar a alguien que haya toreado tan en redondo, tan ajustado, tan comprometido, tan sorprendente, tan bien, tan bonito, tan inexplicable, con tanto aroma y torería, con tanto arte y con tanto valor. Toreo eterno. Morante eterno.

 

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