OPINIÓN

Miguel Abellán, de profesión matador de toros

Pasó el domingo 19 de agosto, domingo de sol y playa, temporada alta de vacaciones estivales y con la hoja del calendario se nos fue la reaparición de Jesús Janeiro Bazán, o lo que es lo mismo, Jesulín de Ubrique, en la feria de San Julián en Cuenca. Un hola y un adiós o un hasta luego, no en vano en la rueda de prensa posterior al festejo (vestido aún de luces...), amenazó el diestro con volver para celebrar los futuros treinta años de alternativa, a ser posible en casa de los Ordóñez, de la mano de Francisco Rivera y del gran maestro Juan Antonio Ruiz, "Espartaco". Un visto y no visto diseñado en la brillante mente de Maximino Hernández que ha colocado todos los focos sobre una feria, la de Cuenca, que tiene luz propia aunque nunca viene mal que hablen de uno en los medios de comunicación de todo tipo, prensa taurina y sobre todo en los platós de la televisión más rosa.

Sin entrar a valorar el por qué de la vuelta del de Ubrique con la adicional carga de polémica que le acompaña desde hace años, sin hacer parada en la casposidad de las Belenes Esteban de turno, las Campanarios de guardia o las ex oportunistas, más allá de los embrollos familiares como cualquier hijo de familia y recogidos los réditos de haber vuelto a agitar el avispero (y los que vendrán), al de Ubrique le acompañaban en el cartel dos matadores de toros de los de pelo en pecho, serios y respetuoso. Uno, en plena retirada de los ruedos, dejándose la salud a jirones en ellos, pero con la dignidad intacta, aplaudido y homenajeado allá por donde pasa. Gustará más o menos pero derrama cariño y respeto.

Otro, Miguel Abellán, que entró a última hora por la baja médica de Cayetano Rivera. El madrileño, grande en el escalafón, polémico en las últimas semanas por denunciar públicamente el maltrato de cierto sector del empresariado taurino que le impide torear más de lo que quisiera. Al pie del cañón cada mañana, bien temprano como él mismo dice, sigue luchando casi desde el anonimato por dignificar una profesión que se hace grande desde comportamientos como el suyo sin ceder al chantaje de indeseables que buscan el lucro personal quitándoles el pan a toreros como Miguel, que al menos puede permitirse el lujo de decir que no.

Salieron los tres a hombros, cuentan las crónicas lo sucedido en la plaza de Cuenca que ayer estuvo en boca de todos, hablan de un Jesulín que reverdece, pero si alguien, más allá de un Padilla en retirada, hizo mucho por la fiesta del toro bravo, si alguien cogió la muleta para abrillantar con sus trazos la tauromaquia o se vistió de luces para venerar el respeto que merece, ese fue Miguel Abellán, de profesión, MATADOR DE TOROS.

 

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