EN CORTO Y POR DERECHO

Isaac resucitó a David y “Brigadier” resucitó a Goliat

Por José Carlos Arévalo
viernes, 16 de mayo de 2025 · 07:22

Lo triste de los hitos taurinos es que tienen mala prensa. No son muchos, pero sí los suficientes para que se los amontone o se los demerite. Pero los autores del Libro de Samuel, donde quiera que estén, debieron despertarse, conmovidos, de su sueño eterno. No era para menos. Porque un joven y pequeño torero mexicano había resucitado en la plaza de toros de Madrid, la bíblica victoria de David sobre Goliat.

El gigante Goliat de la Biblia medía 2’90 metros. El gigante “Brigadier” de Pedraza de Yeltes pesaba 667 kilos. Supongo que el enorme soldado filisteo no tenía muchas luces y que el pequeño pastor llamado David era inteligente y diestro con los animales. Pero en la plaza comprobé que “Brigadier” era bravo y noble, que Isaac atesoraba las virtudes de David y que si éste sabía que tenía detrás el ejercito israelita, el pequeño Isaac tuvo a su lado una maravillosa cuadrilla. Para empezar, el picador Borja Lorente, autor de dos extraordinarios puyazos a un toro que se arrancó de muy lejos, levantaron a la gente del asiento. Pero lo mejor fue que en ninguna de las tres varas (la primera estuvo mal colocada porque el toro le pilló con el caballo sin cuadrar) Borja recargó para introducir la puya y que en ninguna escarbó con ella cuando estaba dentro del toro, vicios habituales entre los picadores de hoy, que habrían descompuesto las elegantes y bravas embestidas del gigante. Eso se llama picar con temple. Sobresaliente el joven picador.

Pero los de a pie no se quedaron atrás. La lidia que Rafael Ruiz le impuso al bravo “Pedraza” fue modélica. Primero le enseñó a obedecer y luego le enseñó a embestir con capotazos de mando y seda, de torería espontánea, no buscada. Y qué decir del tercio de banderillas interpretado por Juan Carlos Rey, pues que puso dos pares sensacionales, como también lo fue el de Tito. Y que la plaza era un clamor.

Cuando el clarín anunció el último tercio, la cuadrilla le había dejado el toro en su punto exacto, pero también le había planteado un involuntario reto: estar a su altura y levantar un clamor aún mayor. Y por eso, Isaac, transmutado en David, se hincó de rodillas en los medios para que el gigante de 667 kilos le embistiera de dentro a fuera como un obús. Pero cuando la vertiginosa mole entró en jurisdicción, la poderosa muleta del pequeño Isaac lo embarcó en cinco redondos asfixiantes, tan ligados que parecieron uno, tan templados que contagiaron de temple al toro, tan tremendos que cuando “Brigadier” se reunía en el embroque, el resucitado David desaparecía de la suerte, tapado por el enorme Goliat. Los olés rugían, la ovación rompía la plaza. ¿Mantendría el torero tan alta tensión, tan elevado nivel torero? La mantuvo, la acrecentó. Iluminado y roto por su descomunal entrega, lo citó ya enhiesto, con el medio pecho por delante, el compás abierto, y cuando el toro tomó la muleta, con la cintura rota, la mano baja, la pañosa barriendo el suelo, lo venció, lo fue vaciando de bravura muletazo a muletazo, mejores con la mano derecha (el izquierdo no era el lado bueno de “Brigadier”), le pegó dos o tres latigazos de trinchera, lo castigó por alto en los pases de pecho, lo sometió. Y “Brigadier” amagó con irse. Y lo sujetó el héroe. Y trató de ayudarlo en los muletazos finales. Pero “Brigadier” era Goliat y vencido se aculó en tablas. Allí lo mató Isaac, que era David, de un pinchazo hondo y atravesado, y de una estocada entera en la que el joven torero voló para meter la espada en el morrillo del gigante.

De manera que, aunque los informativos de televisión lo ignoren y en los papeles la crítica profesional solo hable de tauromaquia, el día 14 de mayo de este año de gracia, en la plaza de toros de Madrid, resucitó, en carne y hueso, el mito de David y Goliat. Lo restauró un muchacho mexicano, del Estado de Morelia, que se hizo torero en Colmenar viejo, pueblo muy taurino de la Comunidad de Madrid.

A David lo premiaron los judíos por su hazaña con el reino de Israel. Mucho me temo que los taurinos de hoy no sean tan generosos con Isaac.