EN CORTO Y POR DERECHO

Morante hace historia en la plaza de Las Ventas

Por José Carlos Arévalo
sábado, 31 de mayo de 2025 · 08:31

Hay toreros que cortan orejas (en Madrid), hay toreros que abren la Puerta Grande (en Madrid), hay toreros que son grandes lidiadores y que son reconocidos por la afición (en Madrid). Y hay un torero que es mejor que todos ellos (en Madrid y en cualquier plaza del mundo). Se llama José Antonio Morante (de la Puebla) y hoy, en Madrid, ha hecho una de las lidias más bellas que un aficionado cabal pueda imaginar. ¿Por qué templó la primera embestida de “Seminarista”, negro listón chorreado, con 582 kilos, y dos pitones reunidos pero pavorosos, antes de saber cómo se las traía? ¿Por qué tuvo la seguridad de que su temple de seda había convertido la presunta violencia del morlaco en una imprevista y continuada cadencia para el resto de su pelea en el ruedo?

A esto no hay listo que responda. Otra pregunta: ¿Hay alguien que pueda explicar la técnica del milagro? El gran Bergamín decía que el toreo se hace y se dice. Para hacerlo se debe dominar la técnica del toreo. Y solo sobre esa imprescindible técnica se puede decir el arte de torear. ¿Pero cómo se explica que el decir se anticipe al hacer?  Morante contagió el toreo dicho a un toro que se transformó en su cómplice al servicio de la belleza porque sus embestidas se hicieron morantianas, contagió a  Aurelio Cruz su picador, el primero que pica arriba, delanterito, en el morrillo y con temple en lo que llevamos de feria, contagió de armonía el ole de Madrid, clamorosamente acoplado a la cadencia de los sublimes pases naturales, de los catedralicios redondos, de los épicos pases de pecho, de los mecidos pases de la firma, de los pases de trinchera, de un luminoso farol invertido, todos ellos muletazos conocidos pero vueltos a conocer, no repetidos sino recién acabados de inventar. Pero ya antes Morante había dicho que estaba sobrado, más desinhibido que en un tentadero, cuando quitó con un vaso de agua que estaba bebiendo en la bocana del burladero, y recortó con naturalidad y destreza el furioso galope del toro que perseguía a un banderillero sin posibilidad de que tomara el olivo Torería grande, sin cuento, la de verdad.

Todo el toreo en un solo torero. Toda la plaza contagiada desde el primer lance a la estocada. Morante mató al bravo, noble, enclasado, tremendo toro de Justo Hernández, de una estocada honda, en buen sitio, de la que “Seminarista” tardó en morir, y como solo acertó al tercer descabello, el presidente, Ignacio Sanjuán, le negó la oreja o las orejas unánimemente reclamadas por el público de Madrid. Porque la faena, la lidia entera, era de dos, de Puerta Grande y los tendidos no solo habían jaleado sino comulgado con el toreo, de principio a fin.  A buen seguro el Usía, que desobedeció el reglamento, ese libro escrito, según el gran Paco Ojeda, para los que no saben de toros y que prescribe que la primera oreja la decide el público, también desconoce lo que el maestro Antonio Ordóñez decía del descabello y la puntilla: “El toreo termina con la estocada, lo que viene después es trabajo de matarife”. Por supuesto, tampoco sabe que un burócrata de medio pelo nunca podrá medir a un artista.

Me gustó el público de Madrid. Cuando pidió las orejas, cuando abroncó al presidente, cuando pitó a Morante en el cuarto, aunque no advirtiera que el toro solo embestía con el tercio delantero y, por tanto, no se le podía torear. Y me gustó cuando una ovación tapó los pitos con que algunos quisieron despedir al maestro que había hecho historia en la plaza de Las Ventas. Grande entre los más grandes del toreo, el genio de la Puebla había restaurado, cohesionado el esquizofrénico público venteño, y lo había devuelto a su ser, de nuevo convertido en el más impresionante coro taurino.    

Pero no me gustaron Talavante y Rufo que, atenazados por el síndrome morantiano, se dejaron ir dos buenos toros de Justo Hernández, a quien hasta los galafates destartalados le embisten.