EN CORTO Y POR DERECHO
David Galván le brinda un toro a Ruiz Miguel
Por José Carlos ArévaloMe gustan las plazas del “Rincón”. No quieren ser importantes y las trae al fresco que trascienda lo que allí pase. No quieren ser cátedras de toreo. Se lo dejan a otros cosos de ciudades con periódico. Tampoco se sabe si su afición es mucha o poca, ni por qué unos días van a los toros y otros, no. El mano a mano entre Emilio de Justo y David Galván habría sido de reventón en Madrid, y en La Línea había cuatro gatos. Supongo el cabreo justificado de la empresa. Pero, qué quieren que les diga… empezaron a salir los bravos ”victorinos”, los dos espadas eran aún más bravos, y aquello era una corrida para los de casa, gente que “chanela” y no pretende que se sepa. Gente que “ve” el toro y es generosa con el torero. Se diría que gente inventora de la corrida “familiar”. Puro lujo.
La Cádiz taurina no tiene el puesto que merece en el ranking de las regiones taurinas. La antigüedad de las ciudades taurinas la lideran Madrid y Valladolid. El toro más antiguo del que se tiene noticia es el de Raso de Portillo y en Madrid ya había plaza cerrada en tiempos de los Reyes Católicos. Pero cuando empieza a germinar la lidia, o sea la corrida de a pie, se habla de dos escuelas antagónicas, la rondeña y la sevillana. Pero nadie mencionó la escuela chiclanera, que fundió a las dos y encarriló definitivamente la evolución del toreo. El poeta Fernando Villalón, ganadero extravagante y gran aficionado, la llamo “escuela ecléctica”, lo que conceptualmente es inobjetable, pero debió llamarla “chiclanera”. Su primer artífice importante era Jerónimo José Cándido, quien por cierto fue el primer torero que dio la primera vuelta al ruedo de la historia, acontecimiento que inició la tasación, evaluación y premio a las faenas, misión otorgada al público que lo. consagra soberano de la corrida, atributo democrático solo concedido al coro taurino.
Chiclanero era también Francisco Montes “Paquiro”, que introdujo la montera como signo diferencial del torero, terminó de perfilar el vestido de torear, sometió a los picadores a la disciplina de la cuadrilla y, sobre todo, fue el gran legislador de la lidia, quien impuso su estructura definitiva.
Siempre he tenido predilección por los toreros de Cádiz. De los tres toreros que fundieron la muleta de Belmonte con la de Manolete, Rafael Ortega, Antonio Ordóñez y Antoñete, Rafael fue el que lo hizo con más verdad y profundidad. Paquirri, reivindicador de la lidia total, restauró el cite cruzado con el toro más parado por regordío de los años 80, y se perfilaba a pitón contrario para matar al toro ya sin embestida. Paisano de Ortega y de Galván, es Ruiz Miguel, el único torero de la historia que a “miuras” y “victorinos” los toreaba como si fueran nobles “galachitos”. Y no es preceptivo ser portuense para recordar el asombroso toreo barroco de José Luis Galloso, con capa y muleta. Entre los capoteros que han sido y serán, nadie dio ni dará la verónica como Rafael de Paula. Y un sanluqueño, Paco Ojeda, es el autor de la última revolución del toreo -les tres precedentes son las de Belmonte, Chicuelo y Manolete-, y hoy el ojedismo subyace a todas las grandes faenas, sea como sea el estilo de quien torea.
Pero esta semana he visto a otro torero gaditano excepcional, David Galván. Como estas líneas no son la reseña de una corrida, sólo me referiré a lo que nunca había visto: torear a un bravo pero encastado “victorino” con la muleta desmayada, la cintura rota, los riñones encajados, los dos pies clavados en la arena, el mando en una muñeca de cristal, la figura enhiesta. O sea, el andamiaje más sutil de un toreo original y clásico, a compás y lento, con pellizco y elegancia, embriagado y escultórico, una obra de arte inefable que transportó a la plaza entera a un abismo de belleza y éxtasis. Por supuesto, le dieron el rabo.
La faena estuvo precedida por un brindis de isleño a isleño, de Galván al maestro Ruiz Miguel, que algo sabe de “victorinos”. Y su abrazo final tuvo esa salada claridad gaditana que cantó Manuel Machado.
Dos temas quedan en el tintero, el nuevo toreo de Emilio de Justo y la nueva bravura de los toros de Victorino Martín, hijo. Próximamente hablaré de ambos temas. Son apasionantes, la prueba de que la tauromaquia está viva.
Nota: Por cierto, las estocadas a los seis toros fueron fulminantes, de perfecta ejecución. Pero los estoques eran las espadas innovadas de Manuel Sales. Ojo al dato.