EN CORTO Y POR DERECHO
Añoro la Monumental de Barcelona
Por José Carlos ArévaloViví unos años en Barcelona, entre los años 60 y 70. Y fui mucho a los toros; creo que no me perdí ni una. Era algo más que una plaza de temporada. Era una feria que duraba todo el año taurino. Los mejores toreros se ajustaban una semana sí y otra también. Y, claro, se reseñaban las ganaderías que embestían.
Su público era plural, catalanes, emigrantes y algún turista accidental. Pero el encanto de aquel gran coso es que no albergaba públicos sino un público coherente y, sin embargo, variado, el verdadero coro taurino que respondía al toreo con una sola voz. Una voz muy singular, la de una afición abierta, conocedora pero sin dogmas, que lo mismo se identificaba con Chamaco que con Ordóñez.
Desde tiempo antes de que la conociera, la de Barcelona era una plaza abierta, sin complejos, seria y sin ínfulas de sabiduría. Yo sabía por mis mayores que siempre fue un coso germinal, no el que consagraba a las figuras sino el que las lanzaba. De Barcelona salieron catapultados al resto de España, Granero, Cagancho, El Niño de la Palma, Antonio Márquez, Domingo Ortega… En Barcelona, las figuras triplicaban sus actuaciones con respecto a Madrid. Por Barcelona entró casi todo el toreo americano. En Barcelona ligó once naturales en redondo el maño Florentino Ballesteros, el año 12 o 13. Barcelona fue un bastión de Belmonte. Y en Barcelona -eso sí, en Las Arenas- Rafael el Gallo creó por primera vez lo que cuatro décadas después se consideró la estructura de la faena moderna. En Barcelona yo vi una de las mejores faenas de Paco Camino, que se entretuvo dando naturales largos como ríos a un toro imposible condenado a banderillas negras. En aquellos años, la Gran Vía era un rio de coches con los aficionados que bajaban de sus torres en la Costa Brava para ver a las figuras del toreo. Y también he visto llegar a miles de payeses, locos partidarios de un novillero manchego que se llamaba Dámaso González. En Barcelona viví el toreo en libertad, a salvo de filias y fobias. Y, cuando ya no vivía en Barcelona, regresaba cada día que actuaba José Tomás, su último torero mítico.
Hoy añoro la plaza de Barcelona porque he visto una fotografía familiar de mi abuelo con los Sert y los Güel en un packart descapotable camino de la plaza, cuando Pere Milá, un emprendedor visionario, creo que abuelo de los periodistas televisivos del mismo nombre, la construyó sobre el viejo coso del Sport. Fue la primera monumental que se levantó en España y la que influyó en la construcción de la Monumental de Sevilla y Las Ventas de Madrid.
Pero la añoranza es mala compañía. Si soy sincero, el cierre de Barcelona me encabrona porque allí viví buena parte de mi afición. Y más aún, porque Barcelona era una plaza de vanguardia que suministraba la renovación del toreo a todas las plazas de España. Y nos hemos quedado sin ella. Hoy, con tanto torero sentado en el patio de su casa, Barcelona cumpliría con mayor facilidad la gran consigna del irrepetible Balañá: que toreen todas las tardes, que nunca se queden sentados, los toreros que tienen algo que decir. ¡Todo el año, todas las tardes, cartelazo de toros y toreros! Por supuesto, a don Pedro no lo habrían mandado al paro cuatro gilipollas.