EN CORTO Y POR DERECHO

Morante, torero artista y gran maestro del toreo

Por José Carlos Arévalo
viernes, 8 de agosto de 2025 · 07:21

Vi por primera vez a Morante de la Puebla en Nîmes, a mediados de los 90, frente a una novillada de Buendía. Me pareció un buen novillero, con una dicción sevillana del toreo y, sobre todo, con mucho valor. Le cogió su segundo novillo. Fue un revolcón serio, no un topetazo casual, sino una cogida en las que el toro sabe usar sus puñales (los santacolomas asaltillados son ágiles y certeros cuando atrapan al hombre), por lo que el trance suele ser disuasorio aunque no haga carne. José Antonio salió indemne, pero magullado. Y hubiera sido lógico dar por terminada la partida. No fue así. El de la Puebla volvió a la carga, sin posibilidad de lucimiento, porque el novillo tenía genio y el genio no consiente el toreo sino la lidia contundente y defensiva. La suya fue contundente, no defensiva, sí un cara a cara de poder a poder. No hubo triunfo. Hubo convencimiento. Del público en general y de los aficionados (pocos) en particular. Pensé en Manolo González.

Pienso, desde aquel día, que Morante pide a las plazas (aficionados y público) el carnet. Lo hace sin pedirlo, con callada educación taurina. Como en aquel San Isidro del año 2009, cuando cuajó tres faenas con el capote toreando a la verónica a un bravo “juanpedro” al que no pudo torear de muleta porque el bravo se paró para siempre después de cinco buenas embestidas. La opinión general fue que el público de Las Ventas aprobó con nota alta, pues aquel día Morante entró en Madrid definitivamente. Personalmente, mi parecer es otro, no es suficiente un saludo desde el tercio después de aquel faenón capotero. A principios de los años 30, Curro Puya cortó una oreja en Sevilla, que premió su toreo de capa. Pero eran tiempos de afición desinhibida, que sabe lo que quiere y lo valora como quiere. En Madrid, también. Pepe Dominguín salió a hombros por la Puerta Grande por dos clamorosos tercios de banderillas. Hoy, en Madrid y en Sevilla, los tendidos responden con el mismo clamor al buen toreo, pero luego pierden la fe en sí mismos y, conscientes de ser dos aficiones importantes, se reprimen, se miden y se acogen al reglamento. Y si no hay dos orejas no hay Puerta Grande, y si no hay tres no hay Puerta del Príncipe. Por lo que el reglamento está por encima del arte. De ahí que los presidentes se crezcan y aumente el disparate.

Mal. En la memoria del aficionado madrileño están presentes las verónicas de Rafael de Paula el día del bombazo a la cafetería California 47 y olvidadas decenas de puertas grandes. Cronológicamente, después de las de Paula, las de Fernando Cepeda y después las de Morante en su primera actuación isidril de este año. Tres tandas de verónicas, las más sublimes, en cuarenta años. Ah, y las del poblano con el “juanpedro” de marras, el año 9 o 12, ahora no recuerdo bien la fecha.

Pero lo de Morante, en este año de gracia, no tiene precedente. Los recuerdos aislados de lo excepcional los ha convertido en norma. Después de lo de Madrid, lo de Aranjuez, después lo de Salamanca. Y así, sucesivamente. Sin que lo excepcional se burocratice, sin que los toros, muy distintos, lo impidan, sin que las repetidas y fragmentarias reproducciones de sus faenas en las Redes lo quemen a pesar de que impidan ver su pasmosa estructuración del trasteo. Y todo ello gracias a un valor natural sobredimensionado por su profundo conocimiento del toro y su lidia. Ahora, el valor consciente, torero, ha convertido lo excepcional de su arte en un hecho habitual. ¡Sin que la repetición lo demerite!

A Morante, el conocimiento le agranda el valor, y su valor agranda su arte. A Morante lo inspira una amplia gama de toros. Sus creaciones son siempre un toreo de respuesta. A sus prestaciones y a sus negaciones. Unas y otras lo inspiran. Y su valor no sufre, porque lo avala una maestría que hace posible lo imposible. Ya lo de menos es que su frondoso repertorio resucite suertes antiguas en desuso o parte del repertorio capotero mexicano, o que sus faenas de muleta tengan un hilván impredecible. Morante ha hecho cómplice al público de su conocimiento. Ahora este no solo goza de la belleza que imprime a las suertes, entiende, por ejemplo, el sentido de un ayudado por alto como colofón de varios naturales asfixiantes porque desahoga al toro y rearma su fuelle, o que un muletazo por alto de pitón a pitón pare definitivamente al toro pues ha llegado la hora de la suerte suprema. Con Morante, el público, aficionados incluidos, ha redescubierto la entraña del toreo.

Y ahora sí, Madrid volvió a ser Madrid la tarde que lo sacó por la Puerta Grande. Jamás había visto una parecida conmoción colectiva. No era para menos. Estaba celebrando una insólita transformación. La del torero artista convertido en gran maestro del toreo.