EN CORTO Y POR DERECHO

Solo sé que se llama Samuel

Por José Carlos Arévalo
viernes, 13 de febrero de 2026 · 08:38

Fui a los toros el viernes pasado. A Valdemorillo. A ver una novillada. Había gente en el tendido. Calculé tres cuartos de plaza. Noté hambre de toros, ansias por ver torear. Y la oferta era muy variada, seis novillos de Jiménez-Pascuau para seis novilleros. Todos sabían torear, pero no me dijeron nada. Salvo uno que actuó en sexto lugar. De él sólo sé que se llama Samuel. Su apellido no me gustó, no sonaba a torero. Quizá por eso no lo retenía ni cuando lo nombraban. Le aconsejo que lo guarde para su vida privada. Para el oficio de torear con Samuel sobra. Es nombre de profeta. Y lo que dijo este jovencísimo torero en la plaza madrileña de La Candelaria fue la profecía más bella que me ha sido dado ver en mi larga vida de aficionado a los toros.

Lo sucedido en el primer festejo taurino del año fue que un chaval desconocido, llamado Samuel, toreaba un novillo, el primer novillo picado de su vida. Y lo que hizo fue el toreo que más me ha emocionado desde que entré en una plaza de toros. No digo que haya sido lo mejor que he visto. Y no lo digo para no hacer el ridículo, ni para ofender la memoria de las grandes figuras que han mantenido firme mi interés por el toreo durante setenta y cuatro años. Pero a todos los que al leer estas líneas piensan que he perdido el juicio he de decirles que nunca un torero me había sorprendido, conmovido, entusiasmado como el Samuel de marras.

No sé si solventes taurinos le habrán llamado para apoderarlo, no me consta que las empresas hayan vuelto a pensar en la novillada como un viable espectáculo taurino ahora que ha surgido un fenómeno. Pero sí sé que hace cien años, con una sola actuación en un festival celebrado en Salamanca, Manolo Granero se hizo figura. Otro tanto ocurrió con el Niño de la Palma y con Cagancho. Cuando Belmonte era novillero, por seis verónicas en la plaza de Madrid, intelectuales y artistas le dieron un homenaje en un restaurante que había en los jardines de El Retiro. Entre ellos estaban Pérez de Ayala y Valle Inclán, dos deficientes mentales.

Lo que sí sé es que en la tarde noche del pasado 7 de febrero, un público correcto, sin muy definidas señas de identidad, contemplaba una novillada en la plaza La Candelaria de Valdemorillo, y de pronto, cuando un desconocido llamado Samuel se abrió de capa, la plaza se hizo Maestranza, el público se convirtió en coro taurino. Y en el ruedo de este pueblo serrano resucitó el toreo. La diferencia entre el tiempo de Granero y compañía  y el actual es que hoy nadie se entera de nada.