EN CORTO Y POR DERECHO
El caso singular de Daniel Luque
Por José Carlos ArévaloHace ya muchos años sorprendió a la afición el caso de José Ortega Cano. Un torero gris y aceptable, que toreaba poco y parecía condenado a terminar su irrelevante paso por la Fiesta. Pero de pronto, resucitó como si fuera otro torero. Creo recordar que fue de la mano de Victoriano Valencia, su apoderado en ese momento de insólita transición. Porque el cartagenero se convirtió durante muchos años en una auténtica figura del toreo. Su faena a un toro de Peñajara, en un San Isidro del que no recuerdo la fecha, es una de las mejores que se han visto en la plaza de Las Ventas.
El caso de Daniel Luque es similar, pero lógicamente distinto. Cada torero es un mundo. Tomó la alternativa con fuerza. La mantuvo durante poco tiempo. Llegó a apoderarle José Luis Marca, a la sazón taurino muy influyente. Pero en la Fiesta no hay influencias que valgan. Todo lo más sirven para que en esa breve coyuntura, el toreo “rompa” de una vez por todas. No fue así el caso de Luque. Le faltaban dos triunfos incontestables, en Sevilla y en Madrid. Y eligió Las Ventas, donde se encerró con seis toros y no pasó nada.
Luque emergió en Francia, pequeño pero relevante país taurino. Desde allí se disparó Emilio de Justo. Y allí se redescubrió a un Daniel Luque, artista, magistral, valiente, todopoderoso, que volvió a España como si fuera una novedad. Arrolló por todas partes y se consagró en Sevilla con toros rarillos, con mucho que torear y alguno medio bueno. Pero en Madrid, donde, desde su vuelta, siempre ha estado bien, no le ha salido ni uno. Ni uno tan solo para decir quién es. Lo que en Madrid no vale siquiera el reconocimiento de los grandes aficionados, que los hay, ni con el respeto de los ayatolas, a quienes apabulla aunque no lo digan, ni con la simpatía del público, que distingue su valía. En Madrid, lo que tiene es que salirle un toro. Con eso basta.
No es mi caso. En mi caso conocí a Daniel Luque de niño. Cuando no era un niño prodigio sino ya un torero prodigioso. Fue en la ganadería de Los Martínez, la más brava que descubrí en México. Su ganadero, Jorge Martínez Lambarry, con el madrileño Miguel Luque, es el mejor aficionado que he conocido. Ambos ven un toro o a un torero a un kilómetro de distancia. Y no se equivocan nunca. Aquel día fueron cuatro vacas bravas y encastadas, y un niño que era un torero como la copa de un pino. Cuando el ganadero me preguntó mi parecer, le dije: este chaval tiene la inteligencia de Camino, el valor de Puerta, la clase de Cortés, el temple de Cepeda y la maestría de Espartaco. Pero a las pocas semanas huyó de la escuela de Pastejé. En cierto modo tenía razón. Los toreros se hacen en soledad, no en equipo como los deportistas. Y todos han de pasar, como los profetas y los grandes artistas, su solitaria travesía del desierto. Años más tarde, a Daniel se le reveló el secreto más oculto del toreo y domó su carácter. En la actualidad no ha habido toro que haya estado por encima de él. Voy a verle torear con la ilusión, siempre confirmada, de descubrir cosas del toreo que no sabía. Nunca había visto un diestro tan poderoso con tanto arte. Es el maestro que más me interesa, con Morante, Urdiales y Ortega, de todo el escalafón. Si el toreo fuera una religión sería una religión politeísta.