EN CORTO Y POR DERECHO
El toro y el toreo del futuro ya están aquí
Por José Carlos ArévaloLa evolución de la bravura ha dado un paso adelante. Unas prestaciones que, como siempre, protagoniza una minoría de toros, por lo general pertenecientes a una minoría de divisas, la élite de la bravura. Entre los toros como entre los toreros, siempre hubo una primera fila. Por el momento, en este San Isidro han destacado tres, uno de Victoriano del Rio, que lidió Sebastián Castella; otro de Núñez del Cuvillo, que lidió Alejandro Talavante; y un novillo del Conde de Mayalde, que lidió Julio Méndez.
Si no cito más es porque en la actualidad son no pocas las reses que frustran su juego en la suerte de varas y, lo aclaro para ser ecuánime, no por culpa de los picadores, cuyo desempeño ha sido por lo común muy prudente, sino como consecuencia del mal diseño de la puya actual. Por ejemplo, hay muchos toros bravos que violentan a la defensiva sus embestidas como reacción a las sucesivas recargas impuestas por el tope que tras la pirámide impide la penetración del cuerpo de la puya. En este sentido, el picador que ha hecho la suerte con mayor ética y eficacia ha sido Pedro Iturralde, que introdujo la puya como si no tuviera tope, y mantuvo la puya dentro, sino que penetró con limpieza sin que después lo manipulara.
El toro bravo del futuro -no todos, claro- ya está aquí. Se caracteriza por lo siguiente: embestida fija, larga y humillada, acoplada al temple impuesto por el torero gracias a los signos de bienestar debidos a la superación del estrés provocada por su reacción anímica al cambio medioambiental del campo al ruedo, a su gestión neurohormonal que bloquea el dolor infligido por la puya y estimula su combatividad, y a su fuerza física que lo repone del cansancio derivado de sus embestidas por bajo. Ese estado de buena forma psíquica y física libera a su bravura de toda merma con tal perfección que dota a su desinhibida embestida de unas prestaciones casi felinas en su imantación al engaño, tanto a la capa como a la muleta.
Lo que yo llamo “la generación del temple”, ese pequeño grupo de toreros que imprime a la bella perfección de su trazo un temple que otorga al toreo un tempo irreal, no habría surgido si los Justo Hernández, Álvaro Núñez, Victoriano del Rio y Victorino Martín hijo -hay que reconocer a este la mayor y más depurada bravura de sus toros sobre los creados por su padre-. Al respecto cabe preguntarse si Belmonte habría descubierto los tres tiempos de la embestida, acoso al cite, reunión en el embroque y largo viaje ante el remate, como respuesta a sus tres cánones de parar, templar y mandar.
En el presente San Isidro, al margen de los éxitos de los hasta ahora triunfadores de la Feria de San Isidro, conviene destacar el toreo que más se ajusta a la presencia en el ruedo, el toreo que ha respondido a las claves de la nueva y más avanzada bravura ha sido el de Talavante, al toro “Ganador”, de Núñez del Cuvillo; el de Castella, al toro “Cantaor”, de Victoriano del Rio; y el de Osornio a un novillo de Conde de Mayalde. Las dos primeras fueron dos cumbres del toreo ligado en redondo, ensambladas las series de uno a otro pitón, de modo que se fundieran sin corte de la continuidad entre una y otra con nexos de unión insospechados, bellísimos, en los que el toreo tenía una coloración coreográfica y las embestidas del toro se acompasaban con un ritmo cadencioso, musical. Fueron dos faenas paradigmáticas del toreo actual al toro del futuro, que ya ha llegado.
No tuvo esa estructura deslumbrante el trasteo de Emiliano Osornio, porque la bravura de su novillo, discontinua, no lo permitía. Pero separados los muletazos, ejecutados uno a uno, desplegaron una magia, una elegancia y un tempo sin parangón. No así su toreo ligado, a la verónica, fascinante, deslumbrante, inédito, que el público jaleó, aunque todavía sin enterarse de que en las manos de este joven diestro está el futuro del toreo.