JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ

Un tocón de olivo

Los inmuebles  acceden al Registro de la Propiedad por inmatriculación y lo hacen con el designio de conservar el número atribuido a las fincas vitaliciamente y esto me vino a la memoria paseando este verano por el campo (ya verán porque), mientras intuía la resistencia de los árboles bajo un sol ardiente,  anclados, estáticos, esperando llegara el relente que anuncia la noche y  con él fluyera por su recalentado tronco la savia refrescante.

Avanzado el estío los frutos del almendro y del olivo se nos muestran en proceso de remate de maduración, aunque a  la drupa del olivo le faltan aún intensas jornadas de absorción para el engorde de la oliva,  dependiendo si llegan al secano las milagrosas lluvias del fin del estío. Andando por los bancales se siente uno como la tierra, abierto a todos los vientos, sin techo, desnudo ante los fenómenos meteorológicos y un poco árbol.

Observaba, pues,  esos árboles tan mediterráneos en los que unos desnortados gorriones buscaban algo tan escaso como es la sombra. Sofocados, con las alas algo despegadas del cuerpo y con el pico abierto, no hacían caso de mi presencia. Comprendí su indiferencia, volar era un esfuerzo que no se lo podían permitir. Concluía mi paseo cuando mis ojos fueron a fijarse en un  tocón leñoso,lo que quedaba quizá de un milenario olivo.

Los vestigios del viejo árbol detuvieron mis pasos y me hicieron pensar, imaginar y hasta aventurar hechos en los que pudiera haber sido “testigo” aquel árbol devenido en un resistente pedazo de madera devastada por siglos,pero que aún sobresalía de la tierra  como  un plinto sin columna que sustentar.

Daba por seguro que antes de que aquella finca rústica hubiera sido inmatriculada el olivo ya debió estar allí enraizado y ajeno a los efectos previstos por la Ley Hipotecaria.

Se me ocurrió entonces observar si en relación a otras  piezas rústicas próximas, posibles colindantes con la del tocón, había algún punto de referencia.No detecté ningún signo topográfico que lo advirtiera.  Se hallaba el menguado rollizo entre otros árboles que estaban vivos y exhibían sus ramas cargadas de olivas, aún menudas.

Me incliné, creo hasta con un poco de reverencia, ante aquella noble leña oscura. Fue entonces cuando constaté que estaba pletórico de vida nueva.  Del centenario tronco,hacheado, renacía  el olivo joven. Es verdad, me dije, que lo que perdura en este árbol es el alma del tiempo, inacabable, retenida en la veteada madera.

Donde hubo un olivo otro renace para recibir los mismos vientos, las luces, los pájaros y hasta las caricias de los descendientes de  los dueños que otrora lo fueron de la tierra.

¿Cuántas generaciones lo varearon? ¿Qué paladares gustaron  su aceite? ¿Qué soldados se ocultaron bajo su copa? ¿Murió alguno sin recibir los santos óleos?

Y recordé: “… estos árboles sagrados, de donde se espera  siempre oír desprenderse voces proféticas”.

Los títulos escriturarios refrendados con la fe notarial, previa calificación del registrador de la propiedad abren el folio de las fincas, y lo hacen, nótese, con el olvido de estos admirables y verdaderos centinelas vitalicios sobre la tierra.

 

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