JACOBO HERRERA

El verano de Pedrito

Hace unas semanas, cuando los termómetros de toda España rondaban los cuarenta grados de temperatura, me llegaban al móvil unos vídeos en los que salía Pedrito, un niño de Jaén que sueña con ser torero, jugando al toro en la piscina de su residencial, rodeado de un buen plantel de muchachillos de su edad en las mismas labores, perfectamente integrados unos con otros, naturalizando una escena que hace años, quizás demasiados, era propia de patios de colegios, plazas de pueblo y parques.

El marco era de lo más peculiar, pero qué importaba: césped en lugar de albero, redondel de toallas de piscina sustituyendo tablas y burladeros, bañadores por taleguillas, camisetas variopintas, algún pareo a modo de capote y un muy respetable público haciendo círculo desde sus tendidos de hamacas recostadas, disfrutando y aplaudiendo a los niños, dibujando un cuadro que, en esta época, daba gusto ver.

Entre todos (y todas, que también había niñas), destacaba Pedrito,de doce años, quien, con más seriedad que sus compañeros de cartel, velaba para que todo saliera bien, pues la idea, estoy seguro, era de él,a la par que miraba a unos y a otros con una perspectiva diferente, sabiendo que aquello que era un juego no es tanto un juego, harto de entrenamientos en la escuela taurina con la idea de volver a ponerse delante de una becerra con la que demostrar a todos los aficionados que el toreo es algo innato que no sabemos hasta dónde alcanza, pero sí que nace para llenarnos de ilusión, deseos, ensoñaciones y alegrías.

A pesar de todo, como se pueden imaginar, el desorden en el improvisado ruedo era manifiesto, tanto como la alegría de todos los intervinientes, quienes deseaban su oportunidad para ponerse delante de su fiero amigo, esa tarde convertido en toro, quien iba y venía, sin saber de fijeza ni humillación, pero con un incombustible motor me temo, encastado y bravo cuanto menos.

El video, que me reconfortó, era puro homenaje a los tiempos antiguos, en los que se inmortalizaban estos momentos con fotografías en blanco y negro o, si acaso, justitas de brillos, contrastes y niveles, es decir, manifiesto recuerdo a aquella plaza del Altozano a la que iba el niño Juan Belmonte a pasar la tarde y de la que regresaba lleno de aventuras y emociones que le empujarían a decantarse, años después, por ser torero y cambiar el rumbo de la tauromaquia.

En fin, que así pasaron la tarde aquella Pedrito y sus amigos y, estoy seguro, muchas otras de este verano, con su esportón de toallas y pareos y con el tendido lleno de vecinos,divirtiéndose y compartiendo un momento todos juntos sin necesidad de teléfonos móviles ni tabletas, haciendo lo que tantos niños de generaciones y generaciones de este país han hecho a lo largo de toda su infancia años atrás: jugar al toro.

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Indiferencia

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