JACOBO HERRERA

Los niños de Víctor

Este verano, como muchos de ustedes recordarán, se anunciaba el nacimiento de la Fundación Víctor Barrio. En el acto, lleno de cariño, se desvelaba el cartel del festival in memoriam, se ponía de manifiesto la importancia del Programa Víctor Barrio y, entre otras cosas, también se presentaba el boceto de lo que será la estatua monumental que perpetuará la imagen del torero en su pueblo adoptivo, en Sepúlveda, donde se enraizó para buscar el camino de la verdad.

De aquel día, que no viviéndolo presencial sí viví muy de cerca, conservo la emoción del momento en que se presentaba aquel boceto al que me refiero, en el que se podía contemplar a Víctor Barrio en pleno paseíllo, liado en el capote de paseo, escoltado por dos niños, componiéndose una terna que solo Víctor podía prestarse a formar, tanto en la realidad como en la imaginación del escultor, porque solo él era capaz de acercar la tauromaquia hasta el extremo, siempre, hasta el último suspiro.

Esos dos chiquillos son los niños de Víctor, los miles de chavales que están encontrando en la tauromaquia un cajón de juguetes que estaba guardado, una muleta que no conocían y que han aprendido a hacer gracias a que un día Víctor echó la pata alante de enseñar el toreo con todas las de la ley, unas banderillas que guardan como tesoros, Víctor, tus niños, los que están haciendo crecer el porcentaje de alumnos de las escuelas taurinas gracias a tu Programa, tu canal de emociones, la escalera más directa que nos lleva a ti, la fe que nos une a tu recuerdo.

Son los niños de Víctor Barrio, son ellos, la semilla de la fiesta, aquellos dos del paseíllo, los que tienen un capote que un día Víctor les firmó, a los que los Reyes Magos se lo regalaron en Sepúlveda, aquellos de tus partidos de fútbol porque la magia necesitaba un empujón en la taquilla, aquellos niños que hoy lanzan un beso al cielo antes de hacer el paseíllo en las mañanas en las que vuelves a acaparar los titulares de los portales taurinos, tu sitio aquellas frías tardes de Valdemorillo, de aquellas orejas en Madrid, cuando Las Ventas te dio el nombre que está escrito en la gloria.

Aquellos niños, tan tuyos y tan nuestros, perdona el tuteo, maestro, pero cada día, gracias a sus hazañas, voy conociendo mejor la calidad humana de los tuyos y me acercan a ti, verdaderos valientes que prolongan tu nombre para ensalzarlo con letras de oro, más si cabe, porque el paraíso ya es tuyo, en la historia de la tauromaquia, maestro, aquellos niños a los que has enseñado a jugar y a creer en la posibilidad de ser torero.

Porque mucho has enseñado, grande ha sido tu lección, tanto que si muchos siguieran tus valores, tendríamos en este planeta del toro a los hombres más dignos, como tú, que tu honradez hasta el extremo no deja de ser ejemplo, que mira Carlos Ochoa, tu amigo, al que sacaste a hombros en Madrid cuando empezaba en esto, ahora tan hombre que ha tenido la vergüenza torera de ser valiente para quitarse del medio, que ese es tu honor, tu honra, tu valor, ser sincero con uno mismo, llevar la vida al extremo y, entonces, empezar el camino de lo infinito.

 

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