JOSE LUIS RODRIGUEZ

Camus, el niño que fue

La celebración de los centenarios de personajes que han dejado huella en la historia, la cultura, el arte, etc
domingo, 17 de marzo de 2019 13:55
domingo, 17 de marzo de 2019 13:55

La celebración de los centenarios de personajes que han dejado huella en la historia, la cultura, el arte, etc. nos invita a la revisión de sus vidas y obras y, si son escritores , a la relectura de sus creaciones.

El aniversario de Camus nos dejó una estela de renovado interés por su producción literaria. Resulta agradable volver a sus páginas y a las vidas que las llenan.

Un siglo no pasa en balde y menos para las corrientes estéticas y preferencias del público. La canción de Nauhanser nos lo recuerda: “...cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia todo en este mundo” y Ataulpa Yupanqui nos avisó: “Cada cual cree que no cambia y que cambian los demás.”

Partiendo de estas consideraciones abrí el libro “El primer hombre”,*  de Albert Camus, texto que llegó a mis manos como consecuencia de la celebración del aniversario de su nacimiento, que tuvo lugar en Argelia en 1913; leí este texto con sumo placer, y pretendo ahora al evocarlo que estas líneas sean acicate para que si no lo leyeron lo abran ustedes y se adentren en una novela que guarda mucho de la propia vida del autor.

Se dice que “El primer hombre” es una autobiografía novelada de este escritor de raza, obra que la tenía sin pergeñar del todo y la llevaba consigo, guardada en un maletín, cuando en accidente de tráfico perdió prematuramente la vida.

Moría pues el hombre y nacía en el seno de aquel portafolios el niño Jacques con sus precarias circunstancia en el vivo retrato de un barrio pobre de Argel.

Un muchachito del que el escritor guarda su mundo interior, la familia a la que pertenece, el colegio al que asiste, los amigos que crecen juntos, la complicada situación colonial de Argelia que les envuelve y el cumplimiento de una promesa a su madre: visitar al menos una vez en la vida la tumba de su padre, Henri Cormery, herido mortalmente en la batalla del Marne, 1914, cuando su hijo Jacques es casi un bebé y su padre ya será para siempre un soldado en la niebla de la memoria que no se cansará de querer saber como era. Había un misterio en ese hombre, un misterio que él siempre había querido penetrar.

Fue inevitable que al leer el deber moral impuesto de ir a la tumba del progenitor, nos acordáramos de “Pedro Páramo” que tiene su comienzo en la promesa que le exige la madre moribunda a su hijo para que vaya a Comala a conocer a su padre. Pero estamos ante dos mundos distintos y descritos con diferente mano, sensibilidad y estilo, siendo ambos profundos y sugerentes.

La vida del mozalbete Jacques Cormery nos parece tan real que nos emociona. Pronto tenemos conciencia de que estamos siguiendo un relato vivido en gran parte por quien lo evoca. Hay momentos en los que tenemos la sensación de oír el eco de la voz del adulto, cuando leemos las palabras que nos retratan desde la madurez, al niño pobre que fue junto a otros como él, y a los que por su inteligencia y por la vocacional asistencia y dedicación de un maestro de escuela, pudieron romper “las duras cadenas con que nos ata el destino”  (Violeta Parra).

Este libro les aseguro que impacta. El texto no estaba terminado y nadie sabe si Albert Camus lo hubiera concluido en los mismos términos que ha sido publicado. Lo cierto es que a través del pequeño Jacques podemos entrar en la vida de Camus.

Hay pasajes en la existencia del protagonista que a los lectores longevos les ha de recordar su propia infancia. Las consecuencias de la Guerra Civil tienen parangón con el régimen escolar disciplinario que se aplicaba en Argel; las necesidades económicas del mundo obrero; la escasez de viviendas; las bolsas de analfabetismo; las costumbres y juegos ya olvidados..., hasta el día en que alguien los menciona, y retrocedemos en el tiempo. Escenas como aquella que se imponía tras haber tomado la primera comunión: ir de visita a casas de familiares y amigos y recoger algunas monedas. O la de jugar a la billalda, que en Lleida llamábamos “Buli-Dali”, y que Camus irónicamente lo describe como el “tenis de los pobres”.

Lo milagroso, lo extraordinario, es que ayer como hoy, puedan crecer flores en tales arenales. Que una infancia pueda ser a la vez miserable y feliz si la madre mira a su hijo y el niño guarda ya para siempre esa mirada como el tesoro de su íntimo valor humano.

Nadie podría aventurar, salvo su madre y un modesto maestro de escuela, que Jacques, “el Mosquito” (Camus) podría, desde aquella paupérrima y rusiente periferia de Argel ser alguien necesario para la cultura y alcanzar un día el Nobel

*Fábulas Tusquets Editores.

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