JOSE LUIS RODRIGUEZ

Fin de semana inolvidable

viernes, 28 de junio de 2019 09:35
viernes, 28 de junio de 2019 09:35

Adquirí anticipadamente la entrada para la Corrida de la Cultura.

El pálpito me decía que podría disfrutar de un fin de semana intenso.

Me desplacé a Madrid en AVE y llegué a primeras horas de la mañana, el sábado 15 de junio.

Fui al hotel, sito en calle Santa Isabel, dejé la maleta y comencé la jornada de asueto. Tiempo excelente. Me compré un sombrero de ala ancha, fresco, y tomé un autobús cerca de la estación de Atocha para que me llevara a la Biblioteca Nacional. Allí me estaban aguardando dos muy ilustres españoles: Uno tan heroico como legendario: El Cid Campeador, el otro un sabio, don Ramón Menéndez Pidal. Ambos unidos por el Códice del Cantar de mio Cid.

Un libro. Un testimonio. Una reliquia. Quizá el milagro revelado en palabras incipientes; los primeros versos en la lengua balbuceante castellana devenida en el tiempo añeja para loa por los siglos de los siglos, del caballero de gesta en tierras de batallas sin tregua.

Vi el códice. Es un ajado pergamino, quizá de piel de cabra, copia de otro, posiblemente el auténtico, de aquel en el que comenzó a parirse la lengua en la que escribo en el iPad.

El códice permanece depositado en el interior de una urna, como un bebé prematuro, con luz, humedad y temperatura adecuadas a su estado de más de 812 años.

Salí gratamente impresionado de la Antesala del Salón General de Lectura.

Dios puso sobre aquel rústico y curtido pellejo el Ángel de la Guarda de don Ramón Menéndez Pidal, tutor providencial que nos da prueba de  su valía de polígrafo  mediante la nutrida obra intelectual que se expone en la Sala de las Musas de la Biblioteca.

Dejé atrás la escultórica fachada de la gran Biblioteca sin decir adiós  a Nebrija, Luis Vives, Lope de Vega y Cervantes, desde aquí les pido disculpas.

Mi segunda cita la tenía con las palabras “muertas”. ¿Muertas?

Cómo era posible se hablara de un cementerio de ellas, si acababa de comprobar con mis ojos que nunca agonizan. ¿No era acaso un contrasentido entrar en el Instituto Cervantes, Alcalá, 49, para leer las que se decían eliminadas del Diccionario?

Era bien entrado el mediodía cuando penetré en el noble edificio de las Cariátides. Agradecí las explicaciones de un atento empleado que me puso al corriente de cómo debía moverme en aquel borde de la desaparición, una especie de limbo en el que uno puede resucitar el sonido, el significado de vocablos que fueron tan usados y lijados por las lenguas. Y a eso dediqué un tiempo. Exhumé de aquellos nichos palabras rarísimas, chocantes, injuriantes, balsámicas….. Algunas las leía en voz alta (estaba solo en la sala) para que las oyeran las otras, las silentes; pensé que Juan Rulfo lo hubiera hecho mejor pero a mí me pareció advertir un roce, un frufrú entre las cartulinas mortuorias. Quizá un estremecimiento. Animado por el intuido resultado me atreví a anotar en una ficha una concisa observación. Al salir, cuando descendía por  la escalinata  interior para tomar la esquinera  Calle del Barquillo, me sentí resucitador de palabras...

Repuse fuerzas en el Restaurante la Taberna del Café Gijón y descansé después a la espera de la hora de la corrida.

El metro, chirriante, me llevó hasta Las Ventas. Gran ambiente. Bullicio. Expectación de tarde esperada, importante. El albero como un sol en la tierra. Luz, luz y agua, agua. El regador con la manguera creando brillantes arcos desde el platillo a los burladeros.

A los toreros aún no los vemos pero sabemos les está creciendo la barba. Castella, Ureña y Roca Rey, este último, según dicen los enterados, fue el señuelo para conseguir el lleno. Pero es sabido que si algo hay incierto son los toros.

Los comentaristas ya lo han escrito y cuando se publique este artículo se conocerán los premiados de la Feria de San Isidro.

Para mí la corrida del broche fue la del día 15. A Paco Ureña se le “robó” una oreja. Toreó muy bien a su primer astado y se sobrepuso a una muy impactante y dolorosa cogida, de la que resultó con una costilla fracturada, teniendo que ser asistido en la enfermería y de la que salió contra pronóstico para lidiar el último toro y lo hizo pese a su mermado estado físico, con entrega absoluta para conseguir el dominio a un toro que no terminaba de rendirse a su maestría. Toreo de antes, del que nunca dejó de ser actual y gusta tanto en Madrid, en el que prima la vergüenza torera por encima del empaque y el adorno. Toreo desnudo. Sin artificio, sin distancia, sin cacho.

La plaza en pie.

Y al sexto salió el matador de la enfermería y la tarde levantaba. Emoción y conmoción. La Tizona en la mano de Ureña y el repentino silencio. Se me difumina la figura del torero de luces, se me borra y aparece en el momento de la entrega absoluta el Cid Campeador, el que ganaba batallas después de muerto. ¡Gloria a Ureña, Puerta Grande! No hay bisagras que se resistan al toreo verdadero en la Catedral.

Y el domingo, 16, pude ver la extraordinaria participación en la carrera popular con meta en el Paseo Del Prado, con marchamo de deseo de ciudad olímpica. Desde allí me fui a recuperar de ver a tantos miles de atletas al borde del colapso al Parque del Retiro.

Paz, sosiego,ruiseñores, mirlos y alguna urraca descuidera. En esas estaba, entretenido con los pájaros, cuando sonó el móvil y me solicitaron me acercara a la Feria del Libro a comprar Malaherba, de Manuel Jabois, ningún inconveniente, salvo que la caseta de Alfaguara comprobé era la número 239, si mal no recuerdo y el paseo al mediodía era un hervidero de gente y de colas en busca de firma de autores. No obstante logre llegar y adquirí la novela. De regreso opté por desviarme hacia los jardines, las aves seguían alegrando el domingo.

Y ya por la tarde en el Teatro Infanta Isabel, EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA, drama basado en la novela de Gabriel García Márquez, con Carlos Saura como Director y con los actores Imanol Arias, Cristina de Inza, Jorge Basanta, Fran Calvo y Marta Molina. Una joya literaria bien engastada en el escenario.¡ Chapeau ! Un fin de semana para quitarse el sombrero y... ¡me lo quité!

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