JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ

Bajo mi balcón

lunes, 20 de abril de 2020 · 08:52

En la ciudad el silencio se ha adueñado de las calles y parecen más largas...

Alineadas, estáticas, como si no fueran a ningún sitio.

Calles sin peatones.

Sin coches rodando; estacionados fuera de cualquier límite tarifario. Parquímetros gratuitos. Lo nunca imaginado por los conductores.

La vida ciudadana se ausentó de los cuatro  vientos.

Comercios con las persianas bajadas. Luces apagadas (¡Virgencita, la de los hospitales que sigan alumbrando!).

Observo desde mi balcón cómo los escasos gorriones que habían logrado sobrevivir a tantas calamidades y plaguicidas, vuelan de las acacias ennegrecidas  a la búsqueda de migas viejas. Los veladores se han esfumado...

La plaga bíblica del hambre ha comenzado para las avecillas que no siembran. Olvidadas, como ya debió ocurrir en el antiguo Egipto, tras el Real Decreto de Estado de Alarma, escrito en papiro por el faraónico Escriba sentado.

Los niños robustos con sus suculentas meriendas también se fueron a un limbo hermético. Ni  pizca de bocata en las aceras.

Si sigue el confinamiento (y durará) habrá que lanzar desde los balcones y ventanas alguna miaja de algo: semillas de régimen, patatas de churrería...,algo que sea alimenticio para los gorriones, que observo sin los comederos conocidos.

Hasta las urracas andan a la busca y captura de algo para llevarse a su largo pico. Creo que odian los contenedores de basura porque no pueden abrirlos.

El búho y la lechuza, que anidan en los tejados, -también en los de los teatros-, y conocen el sonido del éxito de los actores, abren más los oídos y los ojos para captar los aplausos que les llegan ahora desde los balcones, ventanas, azoteas... 

A la ola de aplausos sigue un silencio negro que tiene atascada la ciudad.

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