FIRMA INVITADA
Morante resucita en Sevilla: entre la retirada que no fue y la gloria que siempre vuelve
Por Maria PadilloLa corrida del Domingo de Resurrección en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla volvió a confirmar por qué este festejo es mucho más que el inicio simbólico de la temporada: es un termómetro emocional, artístico y también político de la tauromaquia actual. Plaza llena hasta la bandera, ambiente de gala y una expectación centrada, inevitablemente, en el regreso de Morante de la Puebla tras 175 días sin vestirse de luces.
Porque más allá de lo estrictamente taurino, la gran pregunta flotaba en el aire desde antes del paseíllo: ¿estamos ante una reaparición o ante la negación de una retirada? Morante se cortó la coleta el 12 de octubre en Madrid, en la despedida de Fernando Robleño, en un gesto que, en términos clásicos, equivale a decir adiós. Sin embargo, su vuelta en la primera gran cita del año —obviando compromisos previos en plazas menores o América— reabre el debate. ¿Se retiró realmente o simplemente cerró una etapa para reinventarse? Sevilla, como tantas veces, no responde: siente.
Y lo que sintió la Maestranza fue una comunión inmediata. La ovación a Morante antes siquiera de comenzar marcó el tono de la tarde, reforzada por el protocolo real, con el himno de España sonando entre aplausos al monarca en los tendidos. Un contexto solemne que, sin embargo, pronto dio paso a las aristas propias de una corrida exigente.
El encierro de Garcigrande ofreció un juego desigual, con un punto de nobleza general pero falto de fuerzas en algunos momentos y con un claro desequilibrio en el reparto de opciones. En ese escenario, la figura de Morante emergió con la autoridad de quien no necesita continuidad para imponer su estética. Su faena —tejida desde el temple y la inteligencia ante un toro poco propicio— fue una demostración de jerarquía. Dos orejas que certifican el impacto de su regreso, aunque no cierran el debate: comparando con faenas del año pasado, cabe preguntarse si el listón de la concesión no se ha flexibilizado en favor del aura del espada.
Ahí reside una de las claves de la tarde. Morante no solo toreó: condicionó el criterio. Su capacidad para arrancar emoción de la nada pesa tanto que, en ocasiones, la medida del éxito se distorsiona. Y, sin embargo, esa misma capacidad es la que sostiene el interés de la Fiesta en plazas como Sevilla.
En el otro extremo, Roca Rey protagonizó una actuación tan intensa como irregular en su desenlace. Su lote fue, probablemente, el de mayores posibilidades del festejo, especialmente un primer toro extraordinario al que exprimió desde el inicio de rodillas hasta el final por bernardinas. Hubo entrega, conexión y estructura de faena grande. Pero el pinchazo final lo dejó todo en suspenso, privándole incluso de una vuelta al ruedo que habría sido más que merecida.
La sensación que deja Roca Rey es clara: con mayor eficacia con la espada, la Puerta del Príncipe no habría sido una quimera. En su segundo turno, volvió a mostrar solvencia ante un toro que fue a más, construyendo tandas de mérito que le valieron una oreja con fuerte petición de la segunda. La lectura global invita a pensar que, con el lote que tuvo, la tarde se le escapó entre los dedos.
Por su parte, David de Miranda firmó una actuación marcada por la adversidad. Sin opciones claras en su primer turno y condicionado después por un sobrero que dejó momentos de peligro —incluido un revolcón—, su disposición no encontró recompensa tangible. Fue, quizá, el más perjudicado por el desarrollo ganadero de la tarde.
Pero más allá de los balances individuales, la corrida deja varias reflexiones de fondo. La primera, la vigencia del rito: lleno absoluto, emoción en los tendidos y una liturgia que sigue funcionando como un mecanismo de cohesión cultural. La segunda, el peso de las figuras en la interpretación del espectáculo: Morante no solo toreó mejor, sino que redefinió la narrativa de la tarde. Y la tercera, el eterno debate sobre la justicia de los trofeos, siempre oscilante entre la objetividad técnica y la subjetividad emocional.
Sevilla abrió la temporada grande con una corrida que no resolvió preguntas, pero sí las hizo más interesantes. Y quizá ahí esté su verdadero valor. Porque en la incertidumbre —sobre la retirada de Morante, sobre la dimensión real de Roca Rey, sobre el criterio de la plaza— es donde la tauromaquia sigue encontrando su capacidad de generar conversación.