MANUEL VIERA

Arenales, en la mayor de las soledades

La progresiva decadencia en los más elementales objetivos ganaderos, lidiar el toro creado, ha acabado con el negocio de los Herederos del Conde de la Maza

Ciertamente hay que reconocer que esto, poco a poco, se acaba. A los toros va menos gente. Quizá, porque el espectáculo y su significado parece haber cambiado los gustos. Definitivamente convertido en una función poco atrayente. En la simulación de un rito de héroes sin héroes de verdad. Si, además, al toro lo han convertido en un animal lastimero, eliminada su fiereza y mermada su casta, el milagro de convertir el arte en emoción ha dejado de existir. Lo cierto es que esa falta de público en las plazas puede ser percibida, también, como una ruina para el sector de la cabaña brava. Sobre todo, para aquellas ganaderías apegadas a su historia, firmes en el encaste e integridad de sus reses, pese a saberse que el producto no genera demanda.

La modernidad en el toreo, y la creciente merma en la celebración de festejos, está acabando con hierros que, no hace mucho, dieron verdaderas tardes de gloria a la Fiesta. Sin objetivos conseguidos nada sirve. Todo deja de ser verdad cuando deja de interesar. Encastes escasamente solicitados están inmersos en un laberinto en el que difícilmente encuentran salida. Pocos de estos criadores optarán por quedarse en una empresa que se ha vuelto más deficitaria que nunca. Huirán de su mundo víctimas de los nuevos tiempos.

La progresiva decadencia en los más elementales objetivos ganaderos, lidiar el toro creado, ha acabado con el negocio de los Herederos del Conde de la Maza. Ha hecho estallar la sociedad instaurada en un verdadero conflicto que ha terminado con la eliminación de parte de la camada y la venta del resto de las reses que, hasta el pasado lunes, pastaban en la dehesa de Arenales. Las ilusiones perdidas y la esperanza anulada de un criador de toros que, desde el inicio de la finalizada temporada, ansiaba liberarse de tan pesada carga. Leopoldo Sainz de la Maza e Ibarra no ha tenido opción a la necesidad de cambiar. De dar un último golpe de timón en la reorganización del negocio ganadero familiar.

Acaso la realidad de la decisión tenga que ver con el deseo de no seguir. No obstante, con sencillez y transparencia describió el conde de la Maza, ante los micrófonos de la COPE en Utrera, la existencia del problema. Y es que el negocio impuso su ley. Quizá hay algo más de lo que dijo. Algo que me genera un atisbo de optimismo en el futuro de este criador de reses bravas. Mientras tanto ahí quedará Arenales, en la mayor de las soledades, hasta consumarse su venta. Penoso.   

 

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