MANUEL VIERA

La gloria para Ferrera

miércoles, 09 de octubre de 2019 08:39
miércoles, 09 de octubre de 2019 08:39

Siendo como es, un gran torero, era previsible que llevara a cabo lidias tan inspiradas, tan bellas y emotivas, pero no tan ensoñadas, tan profundas y tan íntimas. Fue una tarde de toros realmente excepcional. Y de compenetración total entre la complejidad de las acometidas y las bravas embestidas. Que de todo hubo. Un verdadero alarde de talento creativo. Toda una lección de toreo de quien supo convertir en obra maestra la variedad de un capote supremo y una muleta en toda su expresión.

Antología en la mezcolanza de lances que contribuyeron a completar la gran tarde del torero extremeño. Lances que sirvieron para redescubrir suertes donde el arte se manifestó con verdadera emoción. Momentos de tauromaquias olvidadas. Joyas que brillaron junto a su expresivo y sublime toreo diestro y siniestro con el que, como en las series de notas de una sinfonía, compuso su discurso variado y emocional.

La apuesta de lidiar en solitario seis toros de diferentes hierros ganaderos en Feria de Otoño fue osada. Aunque segura. Y la ganó. Esculpió obras que constituyeron el logro de quien sintió el toreo en su aspecto mágico y ritual. Toreo con sabor, con poso, con el atractivo de lo natural, del conocimiento del toro. De la verdad, en suma. Soberbio en su simbiosis de espontaneidad, de originalidad, de transparencia… Coherente en los detalles que fluyeron con aparente sencillez y pasión arrolladora. Faenas impecables, desde el valor, el conocimiento, el poder y la técnica, con las que imbuyó a la gente en la brillantez y excelencia de una variada y, a veces, genial tauromaquia.

A mayores dosis de dificultad más mostró su ambición por conseguir el triunfo. Su toreo se tiñó de madurez, de valor, de entrega… Con él mostró argumentos sólidos y suficientes para conseguir salir por la Puerta Grande que le llevó a la gloria. Y de existir alguna duda, nada mejor que rebobinar lo sucedido en la gran tarde de Antonio Ferrera en Las Ventas de Madrid para observar que, sin ceder un ápice a las complicaciones de las diferentes lidias y a su mala espada, contuvo la esencia de un concepto tan sorprendente como auténtico. Una verdad tan intensa como convincente.

 

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