No se entiende tanta decepción

La desilusión que se filtra del proceder. El tedio, la insatisfacción ante el exceso de nobleza.
miércoles, 24 de abril de 2019 07:34
miércoles, 24 de abril de 2019 07:34

La desilusión que se filtra del proceder. El tedio, la insatisfacción ante el exceso de nobleza. El desencanto frente al deseo de un toro de boyantes acometidas como disminuida casta. Decepción ante la imposibilidad de ver como todo lo ilusionado se convierte en ilusorio espejismo. Incoherencia extraña entre lo esperado y el resultado final. Quizá, sólo los más optimistas puedan aspirar a comprender esta realidad. ¿Porque qué sentido tiene reclamar emoción cuando el toro, elemento básico, para que se produzca, es inexistente? Y en la Maestranza lo fue cuando una plaza llena a rebosar reivindicaba el toreo.

La exhibición de sosería, nula raza y excesiva nobleza de la corrida de Victoriano del Río marcó la inauguración de la temporada taurina en Sevilla. Sólo Manzanares le dio sabor y algo de luminosidad a la tarde con una lidia sostenida por la despaciosidad y la cadencia de un toreo de mano baja, rematado con lentísimos y seductores pases de pechos que adquirieron categoría de monumentales. Hubo sutileza en el camino del trazo y, sobre todo, elegancia. El toreo de José María a “Duplicado”, el toro destacado de la mala corrida, encontró acomodo dentro de ese discurso construido por instantes, de contenidos al natural y sensaciones con la diestra. Una forma de hacer el toreo que colmó los deseos del público y que contó con un factor decisivo: la excelencia de la estocada en la suerte de recibir con la que redondeó su obra.

Sin embargo, hubo quien buscó en el inexistente toro otro tipo de emociones. Roca Rey se metió en la boca del lobo sin que nadie lo empujara, y de muy buena gana dejó la marca indeleble de un valor capaz de asustar al miedo. Pocas cosas acongojan tanto que ver dos afilados pitones acariciando el pecho de un torero. Un torero que, convertido en héroe, por momentos, supo captar la atención de una gente que no daba crédito a lo que presenciaba. Aunque hubo quien le aplaudió y quien le pitó. Cuestión de criterios.

También hubo quien quiso demostrar el potencial de su concepto con la nobleza de las embestidas de un toro sin el mínimo fondo de casta para poderlas mostrar. El toro de su apetencia. Y así El Juli se dispuso a torear suave, despacio, incluso con atisbo de ligazón, pero sin pizca de emoción. Y es que no se entiende en tan ilusionante tarde tanta decepción.

             

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