MANUEL VIERA

Andrés Luque Gago

miércoles, 25 de septiembre de 2019 08:00
miércoles, 25 de septiembre de 2019 08:00

Por la nutrida calle Circo, en tarde de toros, su planta de torero marcaba entre el gentío la personalidad de quien fue uno de los mejores banderilleros de la historia del toreo sevillano. Por allí, despacio y con tiempo, aparecía elegante al abrigo, siempre al abrigo, de su inseparable Loli Teruel. Y así, tarde tras tarde, encaraba el solemne paseo bajo la luz de Sevilla hacia la Maestranza de sus pasiones.

Viéndole así, en los prolegómenos de corridas, recuerdo su felicidad sustentada en las pequeñas cosas: un amable o cariñoso saludo, una palabra afable, un deseo de las mejores de las suertes para los que instantes después pisarían la tierra de albero maestrante.

Con semejante señor y artista el disfrute lo tuve asegurado desde que lo conocí. Gocé de numerosas charlas durante los actos taurinos en los que coincidimos, en tertulias y debates en los que participamos y, sobre todo, en programas de radio en los que sólo su presencia engrandecía la emisión. Rotundo en cuestiones opinables del toreo, su manera de recordar y contar, y escenificar, eran determinante para que lo dicho cogiese auténtico peso. Y, además, todo hablado con ese punto de ejemplaridad concluyente, con su característico gracejo y esa inconfundible melodía de su voz. Quizás, porque tras su emotiva retirada de los ruedos, acaecida en la Maestranza una tarde de Feria de Abril de 1986, su vida se sostuvo sobre momentos, sobre la sustancia misma de vivir su afición, sobre la alegría de expresarla con la palabra fresca, cordial y regocijante de su sevillanismo.

Ha sido algo más que un gran banderillero. Algo más que un excepcional lidiador a las órdenes de los más significativos toreros de su época, los que le catapultaron sobradamente como genio y figura de plata. Andrés Luque Gago ha sido una persona sencilla, sabia, sensible, afable… un experto del toro que adoró la Fiesta hasta el último día de su vida.  En él hubo un mundo que sólo en los hombres extraordinarios puede estar: un universo de inmensa calidad humana.

Ya descansa en paz el inolvidable maestro, el ser admirable, el amigo seguro. Toda su historia queda encerrada en la corta línea escrita de una palabra: Torero.

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