MANUEL VIERA

Aquí estoy de nuevo

miércoles, 22 de abril de 2020 09:48
miércoles, 22 de abril de 2020 09:48

Este virus, asesino en serie, también se dedica a dinamitar la esperanza. La que tenían puesta en los meses de mayo y junio dieciocho privilegiados novilleros anunciados en el ciclo de novilladas de Sevilla. Primera oportunidad para unos y, quizá, última para otros. Y ya ven, cita tan necesaria para conseguir lo soñado, y esclarecer el futuro, se les ha convertido en triste y desesperante frustración. Subrayando, además, la impotencia de los que veían su nombre impreso en la cartelería, de un excepcional abono de temporada, que sigue adornando las blancas paredes exteriores de una Maestranza en silencio que se queda sin saber lo que habría sucedido en su ruedo sin el cerrojazo obligado.

Hay que sumarle a todo esto la complicada situación que viven todos los sectores del toreo. El drama de una Fiesta al borde del abismo. Aterrorizada por una situación insospechada. Y cuando algo amenazador irrumpe surge el espanto. Y si se trata de algo totalmente inesperado el temor se convierte en desastre.

Miedo me da la posible viabilidad de las novilladas con picadores -que con el tiempo se han convertido en un imposible- sin la reestructuración necesaria que urge para su celebración. En todo caso, todo se volverá más difícil. Todo será más problema. En esta ocasión para lo que sufren esta brutal realidad. A los que no dejan de soñar con segundas ocasiones y de fantasear con cómo habrían sido las cosas con el utrero en la plaza. Los que cansados de esperar se imaginaban su propia continuidad. Eterno retorno que se pierde en el azar.

El efecto nocivo que va dejando esta maldita pandemia vuelve a destruir ilusiones. A mostrar la espantosa verdad de unos jóvenes novilleros que viven perpetuamente en crisis. Dispuestos siempre a encontrar motivaciones que le favorezcan para olvidar oportunidades perdidas. Toreros perseguidos por la mala suerte que piden estar allí y escuchar con el mismo sonido de los cerrojos que cerraron las puertas de la Maestranza, como se abre para ellos las del patio de cuadrillas.

En el aire está el futuro de muchos de ellos. Tan difícil y complicado como sus respectivos pasados. Hay poco más que hablar. O quizá, ellos, puedan bien pronto decir “aquí estoy de nuevo”.     

 

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