GALLEANDO
¿Por qué en Las Ventas no se indulta?
Por Manuel VieraDisfruté muchísimo viendo torear, esta vez, a Castella. Más, si cabe, lo hice con “Cantaor”, el gran toro de Victoriano del Rio. Ambos, cómplices de una gran obra propiciada por la bravura de un toro de vacas. Una lidia rotunda, visualmente conmovedora, argumentalmente impecable, ordenada y profunda. Una obra propiciada sobre la luminosidad del natural, sobre el trazo diferencial cargado de significado. Todo de admirada contemplación. La casta manifiesta y el toreo en esencia, una peculiar alquimia de sentimientos y emociones.
Semejante colección de bizarras galopadas y humilladas embestidas pusieron felices a aquellos que entienden el vis a vis de un toro y un torero como paradigma de la emoción. Se completó una lidia, espontánea y poderosa, para dejar en su final una extraña impresión, mezcla de gozo, misterio y decepción, quizá porque “Cantaor” mereció mucho más que el honor de la vuelta al ruedo póstuma. Debería haber sido devuelto a la dehesa con el único fin de vivir y padrear.
Se hace, pues, necesaria una memoria reflexiva, diseccionada y autocrítica. Formular la pregunta pese a que se desmoronen después las respuestas. ¿Por qué en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid no se indulta la excepcional bravura? Qué más es necesario que muestre durante la lidia un inusual animal para que su sangre encastada perpetúe en su numerosa descendencia? No es cuestión de mantener el prestigio de la más importante plaza de toros del orbe taurino, sino de la obligación forzosa de hacer conservar la excelsa bravura.
La bravura deseada y casi agotada en muchas dehesas ganaderas. “Cantaor” lució su anatomía, su seriedad… su verdad. El toro bravo para el que ha soñado con él en el ruedo de la primera plaza del mundo. Para ensalzarle con su toreo la nobleza y calidad de sus acometidas. Así lo hizo Sebastián Castella, y los tendidos estallaron.
Queda reprocharle al palco presidencial que su decisión final no fuese certera. No era digno el magnífico toro de acabar su vida de tan mala manera. Habría que darle matarile, por injusto.