GALLEANDO

El purismo desesperante de Urdiales

Por: Manuel Viera
miércoles, 3 de junio de 2026 · 07:46

Su toreo, y su pureza hecha verdad de la lidia, provocó la emoción en los tendidos abarrotados de Las Ventas. Hasta Felipe VI pudo apreciar in situ la belleza de la verónica con la que alcanzó el epicentro en la armónica simbiosis entre la despaciosidad y el ritmo, confluencias del particular trazo de un lance que ha terminado convertido en marca. Entendió Su Majestad la maravilla de la media verónica que apareció como un fogonazo de vida para completar el emotivo ramillete de lances. Supo el Rey de España del significado del purismo desesperante en la inacabable lentitud de un natural. De la singular fuerza expresiva mostrada en el hermosísimo detalle de una trincherilla impregnada de la naturalidad y sensibilidad que la define.

Todo lo hizo con un grado de calidad apenas imaginado. El toreo diestro fue de alta nota, y el ejecutado con la izquierda tuvo el sensitivo embrujo para deslizarse al borde mismo de la locura. Momentos de verdadera emoción. Se emborrachó de toreo con el cuarto toro de Juan Pedro Domecq para incidir en la grandeza de una tauromaquia de enorme verdad.

Así que la tarde del pasado jueves el ruedo de la monumental plaza madrileña fue lugar obligado para la exaltación. La lidia pareció convertirse en muestrario de inagotables trazos, ora con la derecha, ora con la izquierda, con los que el torero aquilató todo su talento en el dominio del temple y el ritmo. Tan bien lo hizo, y lo dijo, que su toreo se convirtió en aportación fundamental a una tarde triunfal de Puerta Grande.

No interesa la vulgaridad de muchas tardes de toros y sí la cortés admiración ante la visión de un concepto tan auténtico como emotivo. Sí interesan toreros que contribuyan a sublimar la lidia con un sólido soporte emocional. Lo volvió a hacer un riojano en Madrid. Un gran torero. El mismo que firmó una tarde de impacto con el alma rota y el sentimiento hecho toreo. Una obra que seguirá en el tiempo fresca en la memoria porque fue más allá de la realidad inmediata del triunfo. Diego Urdiales multiplicó el entusiasmo con un “juanpedro” de nota para definir por exceso la capacidad artística de su tauromaquia y alcanzar la pretendida dimensión. Y la alcanzó. Todo un disfrute.

 

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