LA VOZ DE LA ALTANERÍA
Antonio Grande: La izquierda de oro del campo charro clama por su sitio
Por Aitor VianSalamanca, tierra de encina y granito, posee una memoria taurina exigente. No se regala el título de "torero de la tierra" a cualquiera que vista de luces; se reserva para aquellos que interpretan el rito con la sobriedad y la pureza castellana. En esta nómina de elegidos, Antonio Grande brilla con luz propia, portando una de las manos izquierdas más puras y profundas que ha dado la cantera charra en los últimos años.
Su trayectoria no es la de un advenedizo. Forjado en la Escuela Taurina de Salamanca, Grande se curtió en el escalafón novilleril pisando las plazas que dan y quitan: Las Ventas o Sevilla. En Madrid, plaza que pesa como el plomo, dejó patente su concepto: valor seco, colocación intachable y un toreo al natural de trazo largo y desmayado que puso de acuerdo a los tendidos más severos.
Su alternativa, celebrada el 16 de octubre de 2022 en Alba de Tormes, no fue un trámite, sino una declaración de intenciones. Doctorarse de manos de Morante de la Puebla y con Daniel Luque de testigo, saliendo a hombros junto a ellos, es un aval que pocos pueden presentar. Aquella tarde, Grande no se arrugó ante las figuras; al contrario, demostró que su tauromaquia tiene el peso y el empaque necesario para mirar a los ojos a la élite.
Sin embargo, el sistema taurino adolece de una memoria frágil. Tras aquel triunfo rotundo y el salto al escalafón superior, Antonio Grande se ha topado con el muro de silencio que a menudo asfixia a los toreros jóvenes de corte clásico. Es una paradoja cruel: se buscan toreros con personalidad, que no sean copias industriales, y cuando surge un matador con la personalidad recia y el gusto de Grande, se le escatiman las oportunidades.
La tauromaquia de Antonio Grande es un antídoto contra la vulgaridad. No es un torero de efectos especiales ni de alardes físicos. Su virtud reside en la naturalidad, en la capacidad de enganchar al toro adelante y llevarlo hasta el final del muletazo con la cintura rota y las zapatillas asentadas. Es el toreo eterno, el que no pasa de moda, el que se cocina a fuego lento en los tentaderos del campo charro.
El escalafón necesita urgentemente recuperar la meritocracia. Dejar en el banquillo a un torero que ha demostrado tener el valor para Madrid y el arte para Sevilla es un lujo que la Fiesta no debería permitirse. Las empresas tienen en Antonio Grande una carta ganadora para revitalizar las ferias, para ofrecer al aficionado un toreo de verdad, sin trampa ni cartón.
Antonio Grande ya ha hecho lo más difícil: demostrar que tiene el toreo en la cabeza y en las muñecas. Ahora, es el turno de los despachos. El campo charro tiene en él a su nueva esperanza, y la afición espera, con la paciencia de quien sabe que lo bueno tarda, que esa izquierda de oro vuelva a dibujar el toreo grande en los escenarios que su categoría merece.