LA VOZ DE LA ALTANERÍA
Tomás Angulo: la honra del toreo macho que clama por su sitio
Por Aitor VianEn la vasta cantera extremeña, de donde brotan toreros como espigas, la figura de Tomás Angulo se recorta con la firmeza de un roble. Natural de Llerena, este matador de toros no es un producto de la mercadotecnia ni de las modas pasajeras; es un hombre hecho a sí mismo en la fragua de la dificultad, un lidiador de los pies a la cabeza que encarna la vigencia del "toreo macho", ese que se basa en el dominio absoluto para luego dar paso al arte.
Desde su alternativa de lujo en Almendralejo en 2015, con Finito de Córdoba, El Cid y José Garrido en el cartel, Angulo ha tenido que transitar el camino más ingrato del escalafón: el de la espera y la trinchera. Lejos de amilanarse, ha forjado su tauromaquia en plazas donde el toro sale con trapío de catedral y las embestidas no regalan nada. Es ahí, ante la adversidad, donde Tomás Angulo ha demostrado tener una capacidad lidiadora superior a la media.
Pero sería injusto etiquetar a Angulo solo como un torero de valor o de brega. Lo que realmente distingue al de Llerena es su mano izquierda. Posee uno de los naturales más hondos y poderosos del circuito. Su concepto se basa en la mano baja y el trazo largo, obligando al toro a humillar y llevándolo sometido hasta el final del muletazo. Cuando Angulo se encaja de riñones y tira de la res, no hay alivio; hay entrega total y una verdad que cala en los tendidos.
Es una de las grandes incógnitas del sistema taurino actual: ¿Por qué un torero que ha triunfado con fuerza en su tierra y que ha dejado patente su solvencia en Madrid (donde rozó la Puerta Grande como novillero y ha dejado estampa de matador serio) no está anunciado en las ferias medias y grandes? El escalafón necesita de su regularidad y de su oficio. Angulo es un seguro de vida para el espectáculo y, a la vez, una promesa de emociones fuertes para el aficionado.
El toreo de Tomás Angulo es un antídoto contra la superficialidad. Es un toreo de raza, de "aquí estoy yo", pero ejecutado con el buen gusto de quien conoce los cánones clásicos. No es un gladiador tosco, es un matador con técnica depurada y expresión artística que, desgraciadamente, está siendo desaprovechado por las empresas.
Tomás Angulo es la verdad que resiste. Es la demostración de que se puede tener hambre de gloria sin perder la dignidad. Su espada es un cañón y su muleta un argumento de peso. La Fiesta le debe la oportunidad de demostrar, con continuidad, que ese poderío extremeño tiene cabida y mando en la primera fila del toreo. Su sitio está en el ruedo, no en el banquillo, porque toreros con esa verdad son los que mantienen viva la llama de la emoción.