PANTALLAZOS
La torería de Castella
En el primer tercio del quinto se armó un verdadero escándalo. El colorado como loco, de caballo a caballo repuchándose hasta siete veces convirtió el sacro ruedo en un rodeo de la peor laya. La concurrencia pedía devolución, cuando lo justo hubiesen sido las banderillas negras. Pero Don José Luque Teruel, fino caballero, presidente de indultos, rabos y demás, es incapaz de una cosa de esas. El manso se quedó muy orondo dejando a Bernal y a Romero viendo un chispero. Chacón y Blásquez, dignos con los palos pusieron compostura en el relajo, demonterándose.
Entonces don Sebastián, (lo llamo así pues a sus veintitrés años de alternativa está hecho todo un señor torero) salió muleta en mano pidiendo paciencia a la repleta y enojada plaza, que no veía por donde pudiese resarcir la inversión. Planta firme, serenidad, poso, hielo en la venas y aguante del terreno. Así le ofreció a “Atrevido” lo que no merecía; su pellejo, logrando sorprendentemente que acudiera de a tres y cuatro veces por tanda. Y lo increíble, a la tercera de cuatro por derecha, cambio de mano, natural y pecho con un sometimiento total. Claro, la música se largó de una, duro. Y los que antes protestaban ahora jaleaban.
El aguante, el aguante que requiere valentía y mando fue la clave de la lidia imposible. Que fue de largo, natural y antinatural, con un hieratismo y verticalidad galanos. Arreciaba el viento, venía el ocaso, cuando a volapié honorable dejó solo media espada que tras un aviso requirió descabello. La ovación en el tercio recibida con elegancia fue atronadora y justa.
Con el segundo “Alcalá” negro de 540 kilos, cuatreño, toda la corrida lo fue, hizo el más completo recibo a la verónica (no digo el mejor porque estaba Morante), nueve lentas y templadas a los medios, rematadas con una airosa larga. Qué bien. Tal vez fue este el que atisbó más casta del encierro, pero no le alcanzó mucho. Brindis al público, siete doblones genuflexos, cambio por la espalda, natural y pecho, pusieron las cosas en rumbo de fiesta. Pero no, tras la quinta serie cuando la banda se sumó el toro se paró y se paró, haciendo la brega laboriosa, tediosa. La estocada caída, tarda deslustró el final y el saludo reconoció la torería del nuevo veterano espada.
Morante, destellos en medio de una actuación más que gris, Unas pocas verónicas antañonas de mano alta por aquí, dos naturales divinos por allá, su traje y porte de figura histórica y nada más. ¡Ah! y su horrible forma de interpretar la suerte suprema que justificaría que los niños no entraran a las plazas a ver malos ejemplos de cómo se sacrifica el animal sagrado. Tomás Rufo en lo suyo. Profesional en las malas, honrado, decoroso y ejecutando la estocada de la tarde, la del sexto. ¡Qué Maravilla!
Fue también el sexto lleno de “No hay billetes”, y en otra bella tarde sevillana, el segundo frustrado en línea. Pero Castella, el ahora mejor Castella, demostró que la culpa no siempre es del toro.