PANTALLAZOS

Presumido con razón

martes, 14 de mayo de 2024 · 23:13

En tarde encapotada y ventosa (mucho), los seis tresañeros de Montealto, un negro, dos castaños y tres colorados, salieron muy majos en sus 504 kilos promedio, más escasos de fiereza, emoción y poder. Se movían, repetían y obedecían, pero no transmitían. Al menos no lo suficiente para poner gritona la concurrencia en favor de las faenas. Entre todos destacó por mucho “Presumido” el tercero, número 35 de 499 kilos.

Samuel Navalón saludó su galope franco y largo con cinco verónicas templadas y dos medias idem, la segunda de molinete. Gran factura, sí señor. Acudió con igual prontitud y vehemencia a los picotazos que Romero le atizó, encelándose por abajo. Alegró el quite a la chicuelina del titular y el menos festivo de Bastos. Con Espartinas y Herrera se portó en banderillas como lo que era, bravo. Galopando, embistiendo, persiguiendo. Lo único, de lo que no andaba sobrado era de fuerza. La justa para llegar al final transportando su soberbia sin desfallecer.

Tras el protocolario brindis al público, rodillas a tierra, tres derechas circulantes, pecho y ya en pie, derecha y pecho levantaron electorado. Que hasta ese momento había votado por los arrastres y silenciado a los espadas. Ahora fue al contrario, todo para el torero. Pero la lujosa pelea del montealto era la que mantenía la presión en la caldera. Derrochando bravura buscó la muleta, fijo , yendo a fondo, un tranco y quizá dos más allá, y volviendo y planeando como el avión del Barón Rojo (en la película). Sí, de película. El momento mejor de la lidia, por lo templado, rimado, embrocado y bello alumbró en la cuarta tanda por la derecha, pase de costado, cuatro en redondo a muleta barriente, cambio de mano y pecho. Hubo mucho de bueno en el resto de la prolongada faena, y algo de no tanto, porque además la ventisca revoleaba la muleta. Y cuando la bravura y la nobleza se conjugan de tal manera, a veces parece que no hay nada que las mereciera.

Las opiniones se dividieron. El de Ayora no se inmutó y echó para delante, como le salía del alma. Cerró la lidia con tres bernadinas que se le hicieron barullo, se tiró con entereza, dejando la espada total, pero trasera, tendida y desprendida. Cuando el gran “Presumido” murió, nadie pensó en él. La cuestión era la oreja. La pidieron con furia. Pero don Ignacio San Juan Rodríguez, afrontó la cosa, honrando el palco y la categoría de la primera plaza del mundo. Los de la cofradía “El cliente siempre tiene la razón” bramaban contra él, y cuando arrastraron los restos del que honró el título de rey de la fiesta, nadie lo aplaudió pues todos estaban ocupados befando a Usía. Qué cosa. La vuelta fue de revancha.

Mientras en el callejón, el apoderado Nemesio Matías derrochaba hombría de bien y afición refiriéndose a la faena en cuestión.

–Se dejó llevar por las ganas –dijo –la gente tiene derecho a protestar, es muy joven, verás que en el sexto estará mejor.

Y trató de estarlo Samuel. Entregado, desde la perfecta larga cambiada de rodillas a portagayola, hasta el último muletazo ayudado por bajo, aunque sin lograr unanimidad. El novillo también fue bueno, pero no tanto. Le tocó el mejor lote. Lo que acabó del todo con la ilusión fue la espada. Tres pinchazos, un fierrazo trasero ineficaz, cuatro descabellos y dos avisos acabaron la fiesta con la plaza vaciándose.

El valenciano Nek Romero, con andares de novillero en sazón, se batió contra el viento, la sosería del segundo y el escepticismo silencioso, y lo hizo con tal tesón que de no haberse dado contra el mundo en la suerte suprema hubiese conseguido algún halago. Dos pinchazos, dos descabellos sin estoquear y un aviso. Más con el quinto, de arrastre ovacionado, y al que Víctor del Pozo ejecutó dos pares de ovación y saludo, estuvo solvente, profesional, trabajador. Pesó en su contra el vendaval que provocó una estampida en los tendidos de los que ni siquiera su estocada sin puntilla lo reivindicaron. Saludó en el tercio a los ateridos que quedaban.

El también valenciano Diego Bastos, jugó con las mismas dificultades de sus alternantes, pero también con el lote menos festivo que, sobrevalorado por el público, se llevó las palmas que le negaron a él. Echó temple y postura en ocasiones, sin poder redondear la cosa pues como sus compañeros desatinó con el acero. Dos estocadas defectuosas al primero y una delantera al cuarto.