PANTALLAZOS

Otro torazo

domingo, 9 de junio de 2024 · 23:50

“Bromista”, número 60 de Garcigrande, cinqueño, de 597 kilos, negro, bien armado. Bravo. Cerró la corrida de la beneficencia, y la seguidilla isidril de 27 festejos. También jubiló a su señoría don Eutimio Carrecedo Pastor que dejó como colofón una oreja con bajonazo.

Pero el gran toro, uno más de los de la feria, honró su divisa y la sacó de un fárrago, en que la habían hundido con su invalidez y mansa docilidad el tercero de El Pilar, el cuarto y el quinto. El primero fue otro bravo y noble, pero de insuficiente fondo. Y el segundo, de una obediencia empalagosa que fue tapada por una faena centelleante del madrileño Fernando Adrián. Quien le cortó a ley una oreja.

Lo grande decíamos, fue la pelea del último. De largo, pronto y codicioso como estaría hasta la muerte, acometió y volvió y volvió caribajo en las seis verónicas y revolera de saludo. Mucho y merecido buqué. Furioso ataca el caballo de Alberto Sandoval que le marra y recoloca la puya, mientras empuja encelado con los dos pitones y repite con igual bravura en la segunda vara trasera. Ángel Otero, al sesgo le pone un par de ovación y falla el otro. Valladares cumple. Brindis al público y allí en el platillo, dos rodillas a tierra para esperar desde tablas el galope y pasarlo dos veces por la espalda, dos por el pecho, cinco en redondo por la diestra, otra derecha de pie y un pase de pecho ligados. Tomados con tal fiereza que Las Ventas se hizo un clamor. Toro y torero. Valor y bravura. Conjunción y toreo. La tensión de la faena fue in crescendo con las tandas diestras y siniestras, templadas, bajas, uncidas, rematadas. Piel a piel. Pura verdad. Una ovación con otra, una serie con otra, una emoción tras otra. La gran romana del garcigrande propulsada por su casta no desfallecía y la convicción del marginado de San Isidro tampoco. Uno y otro por su vida. El a más y a más de “Bromista” y los matices y desplantes con que Adrián le adornaba sacaban el enfrentamiento del formato escolástico. Uno de los más grandes momentos de la feria.

A pesar de prodigarse en todos los tercios las fieras embestidas engalanaron el epílogo de tres ayudados por alto, tres por bajo, el otro de rodillas y el de pecho. Cargó contra el volapié honesto, pero resbalaron ambos en el encuentro dejando medio estoque muy bajo. Al siguiente viaje una estocada en todo lo alto que mató. La petición de la oreja fue tremenda y el señor presidente accedió. Al fin y al cabo, con ese último acto dejaba el cargo. Nadie se hizo mala sangre con el engorroso asunto. El arrastre recibió una de las mayores ovaciones del ciclo y el torero se fue a hombros de la multitud por la Puerta Grande. Dicen que su 24 consecutiva.

Había lidiado el cuarto, que se lesionó, saliendo de varas en medio de un escándalo de protestas. Lo intentó a pesar de que el animal, se dolía, blandeaba y caía. Entonces lo sacó de penas con uno de los tres estoconazos que ofició en la tarde. Con una faena sanguínea, completa, estupendamente rematada, había estado muy por encima de la docilidad indignante del segundo, aportando la emoción que este no traía. La plaza la respaldó sin desmayo y la oreja no tuvo glosas. Se fue a hombros dejando en la plaza vacía la moraleja. Es así, con hechos no con palabras, como le habla un torero a una empresa que inexplicablemente lo había excluido del abono.

Sebastián Castella, abrió la protocolaria corrida presidida en el palco real por la Infanta doña Helena y el alcalde de la ciudad. Fue un comienzo muy alegre, porque la nobleza brava de “Achampanado” lo propició. Dos verónicas, una de rodillas, otras cinco de pie, y una media marcadas por el temple, la delicada lentitud y cierto abandono, que mantuvo a lo largo de toda la faena en la que los naturales alcanzaron, algunos, más belleza que conmoción. La faena encumbrada por sobre los pititos ultras fue de las del mejor Castella. La tanda final de ocho y el prolijo remate, ya con un toro a menos no llegó del todo. Además, la espada dio en hueso dos veces antes del aviso y de quedar toda, pero desprendida y mortal. Ovacionaron el arrastre y él nada. Injusto me parece. Pero es Madrid. Con el tercero, blandengue y de boba obediencia y con el quinto que cayó repetidamente y al cual puso su mejor espadazo, pasó silenciado, dejando el mano a mano (por la deserción de Morante), en manos de su alternante.

Queda en la memoria el torazo que clausuró con lujo la feria.